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jueves, 25 de agosto de 2011

UN UNIVERSO INTELECTUAL LIMITADO

El estudio de la Historia del Arte exige el conocimiento extenso y detallado de un mundo conceptual variado, vertiginosamente profundo en sus caminos epistemológicos y, desde luego, un verdadero cauce conceptual perpetuo por el que dejar transcurrir todos y cada uno de los preceptos que quienes, dicen saber mucho de arte, aseveran con rotundidad vehemente. Lo cierto es, que desde el estudio de las diferentes metodologías aplicadas a esta materia encuentro un discurso estéril, fragmentado y mil y una vertientes innecesarias. Por una parte comprendo que en el siglo del romanticismo se expongan una serie de criterios formuladores de conceptos anexos al tiempo que se vive. Es cierto, también, que todos los historiadores que se acercan al arte como historiadores quieran sacar siempre una teoría científica y un corpus de conceptos con el que desgajar el arte de la historia (entendida como disciplina) y otros campos de los cuales es imposible extraerla. La “Escuela de Viena”, tanto la primera como la segunda generaciones, mantiene los mismos principios dogmáticos en los que los nacionalismos y las características idiosincrásicas de los pueblos tienen un papel fundamental en el desarrollo del arte a lo largo de la historia, y que produce un efecto de vanagloria de los méritos de unas culturas sobre otras. Todos sabemos a qué condujo esa exposición frecuente en los discursos académicos de historiadores adictos a un régimen Nazi en expansión. Sin embargo, vemos como el arte es un verdadero mundo en el que es difícil entender los complementos que lo adornan y “los átomos” que lo sustentan: no existen, siquiera cadenas de DNA o RNA, ¿o sí?, que faciliten su comprensión. A lo largo del año, en más de una lectura, intentando comprender el proceso creativo en el arte llegué a la “Antropología Filosófica” (Essay on man) de Ernst Cassirer con quien pude entender, en parte, que el arte es una condensación infinita de conocimientos y que se diferencian al máximo de los ideogramas simbólicos del lenguaje o esa auténtica abstracción que constituyen las matemáticas. Al encontrar otras vertientes explicativas sobre el proceso de creación artística y el arte, entendidos como modelos que beben de otras fuentes ajenas al simbolismo: por ejemplo, la realidad “Lacaniana”, que tan bien define Miguel Angel Hernández-Navarro, o todos los movimientos, que, nacidos en la crítica artística, el conocimiento de “conuisseur” (suena redundante al unir las palabras castellana y francesa) contribuyen a dar una vuelta de tuerca más a la comprensión del fenómeno artístico. En todo el proceso de constitución metodológica del que hemos hecho gala en estos siglos de conocimiento inusitado y nacido a borbotones -y sin el tiempo necesario para su maduración- encontramos todo tipo de teorías que difieren en todos los sentidos: podríamos hablar del estudio sublimado de la belleza como mímesis de la naturaleza, podemos hablar del estudio parcelado y creciente de las civilizaciones a lo largo un tiempo evolutivo, podemos hablar del intento empírico de comprender el arte desde las ciencias auxiliares que dio lugar a otras parcelas del arte como la museología; en fin, podemos hablar de mil estrategias intelectuales relacionadas con el crecimiento de la metodología de la historia del arte no podemos dejar de hacer mención del espíritu de una época o el conjunto de sensibilidades, tampoco de los puntos de vista de los expertos y las más recientes proyecciones personales en cuanto a la aportación de la psicología o la “encuesta iconológica, como la llama Juan Plazaola. Hay algo importante que no puede escaparse nunca, y es no mezclar el estudio del arte con perspectiva histórica a estudiar el arte desde el punto de vista de la crítica artistica. El motivo a aludir, es la simple coherencia metodológica. El arte estrictamente contemporáneo no puede ni entenderse desde el punto de vista de la historia, ni le son aplicables los criterios usados para el estudio de la Historia del Arte. Eso debe quedar meridianamente claro a la hora de aplicar elementos de la teoría del pscoanálisis, demostradamente ineficaz en la explicación global de una obra, un autor, un período. Sólo a través de Lacan podríamos entender la aplicación de terminología Freudiana a la crítica artística, repito: a la crítica artística, no a la historia del arte; y si puede hacerse, es por un motivo muy evidente, la intersección en esas explicaciones de términos Freudianos, la intersección de las teorías antropológicas de Cassirer o Warburg y la aplicación del estructuralismo lingüístico de Ferdinand de Saussure. Ahí es donde uno puede hablar de términos como los que define José Luis Brea en: “La tres eras de la Imágen”, términos aplicados a un proceso janeiforme (uso esta palabra como homenaje al profesor Miguel Ángel Hernández-Navarro) de estructuración de la imagen en unas coordinadas espacio temporales y un diluido de conceptos que mueven su significado en el tiempo y en el espacio como la mismísima teoría de cuerdas aplicada al arte. Dirán ustedes que es una aventura lo que acabo de exponer, pero es lo más parecido a explicar las teorías sobre la realidad/no realidad en el arte, la aparición de la realidad a través de una especie de cortina rasgada que apenas dista de la misma realidad, una fracción de tiempo que no conocemos. y permite llegar a la catalogación de lo artístico.



La segunda parte de esta reflexión se centra en las aportaciones neurocientíficas a la comprensión de la Historia del Arte, aunque  la crítica se apodera de las adendas conceptuales referidas a la psicología freudiana y otras revisiones posteriores como las realizadas por Lacan en las que incluye el estructuralismo, la matemática, el simbolismo y la filosofía. Antes hicimos referencia a tales hechos y concluimos que se trataba de una apreciación sólo aplicable al arte, sin vocación historiográfica, es decir, pensadas las fórmulas conceptuales para definir la tendencia o el producto, pero no para visualizarlo en unas coordenadas espaciotemporales captadas y explicadas con una mínima perspectiva histórica. Los movimientos más cercanos del arte que se definen dentro del arte son extremos siempre de vocaciones de originalidad extrema, acceso a realidades conjugadas con la fantasía onírica, la apreciación de elementos en el arte que tienen que ver con parafilias o disfunciones mentales que ayudan al proceso creativo. Es el arte de la provocación, de lo siniestro: “ Si lo Real es también el punto de ruptura del discurso y la fractura del lenguaje, el lugar de lo innombrable, donde la palabra naufraga y surge el silencio, donde uno debe callar; el arte que no muestra nada, que calla, que oculta, reduce o hace desaparecer lo visible, deberá  ser, también, y en consecuencia, un arte de lo Real”.(Hernández-Navarro,Miguel Á: <>.Revista de Occidente, 297, 2006). El  impulso de Lacan a la interpretación Freudiana es sólo comparable al desinterés de los historiadores por la actualidad del arte, una actualidad que impide tener una perspectiva,  y vuelvo a repetir el concepto, que permita un entendimiento íntegro. Ni la iconología, ni el estructuralismo,  ni las fuentes, denominadas, simbólico-matemáticas, permiten el estudio del arte en su más amplia concepción: sólo el arte se explica desde la crítica como un proceso inherente al mismo arte cuando no existe perspectiva histórica. Y para no divagar en más ideas relacionadas con la crítica y (su no imprescindiblemente enemiga) la Historia del Arte, debemos referirnos a las aportaciones enunciadas al comienzo de este párrafo: las neurocientíficas, a la historia del arte no al arte en sí. Desde hace una década, el número de artículos relacionados con la creatividad artística y la explicación que se da a determinados fenómenos de la creación, al margen de los denominados procesos culturales, evidencian la necesidad del ser humano de crear como una especie de fin evolutivo. Los mayores creadores, en cualquiera de los ámbitos del conocimiento, han sido mucho más intuitivos que analíticos y el proceso de creación que se sigue a lo largo de la historia es semejante, antropológicamente puede dictaminarse como patrón evolutivo la percepción y el estudio del entorno y la plasmación de lo considerado real a través del naturalismo, geometrismo o a partir de aportaciones abstractas, pero siempre, en cada momento de la historia, el creador ha necesitado el refrendo social,  en la antigüedad como iniciador del animismo, en la época clásica  desde un proceso racionalista que evidenció la capacidad humana de explicar y saber reinventar el mundo, a los dioses y la cultura. En el Occidente el geometrismo, el simbolismo y la abstracción misma en un largo proceso de siglos se cocina en la mediatización del arte por parte del cristianismo. 

miércoles, 6 de octubre de 2010

REFLEXIONES SOBRE LA EJECUCIÓN DE UN EJERCICIO DE FUENTES ANTIGUAS.

He decidido, no sé aún muy bien cómo, hacer un trabajo para la asignatura: Fuentes Antiguas en la Historia del Arte. Su título es “ EL CONCEPTO DE ARTE REGLADO EN LA GRECIA CLÁSICA DEL SIGLO IV”, y el título es en sí lo suficientemente esclarecedor de por dónde va la línea argumentativa. Mi hipótesis es mostrar, más que demostrar,-eso exigiría un trabajo de mayor envergadura"- el significado que desde la teoría del arte ( fuentes documentales y en éste caso fuentes materiales de todo tipo) reflejan la idea del arte como conjunto de reglas capaz de crear belleza, pero esa creación es una creación, en muchos casos numérica: se concibe como la medición de la forma a través de reglas  que suelen considerarse universales, al margen de las variaciones estilísticas que se puedan producir.
La ubicación temporal en el siglo IV se debe a varios motivos: el primero, es considerar que la Filosofía Griega llega a su máxima expresión en este siglo; autores como Aristóteles ejemplifican la recopilación y contestación en sus obras de todo cuanto se ha pensado anteriormente y se producen conceptualizaciones  expresas sobre la formulación, “cuasi matemática” del arte como destreza, en el que se incluye, en gran parte la ciencia y la artesanía. Tatarkievicz (1) en su esquematización de las distintas formulaciones del concepto arte a lo largo de la historia propone como objeto de estudio del concepto para la época griega, la proyección del concepto techné y sobre ese término, mil veces interpretado, en todas las teorías del arte más famosas o populares : Moshe Barrash, José Jiménez, Anthony Blunt. Encontramos la misma identificación de la destreza en el arte, la artesanía o la ciencia, con un conjunto de reglas numéricas que deben seguirse  para (el fin platónico de)  alcanzar la “belleza”, (tendremos que reglar, acompañados de los estetas contemporáneos, y clásicos qué significa ese concepto en ese momento) y de esta forma explicar por qué el arte griego del siglo IV manifiesta tal destreza técnica, en medidas, soluciones ópticas, proporciones, simetría, armonía numérica... Digamos, como ocurre en el mundo del urbanismo  Hipodámico, que un conjunto de saberes entretejidos dan lugar a un concepto de arte, artista, obra de arte, en función siempre de la aplicación de los conocimientos filosófico-científicos que se desarrollan en la Hélade  clásica.
La historiografía, en general, representa una visión fragmentada del arte griego: las clasificaciones más modernas de bellas artes, dejan en entredicho el antiguo  precepto unitario del arte, como destreza “reglada” por una serie de normas que implican el descubrimiento científico de fenómenos como la perspectiva, estereometría, corrección de errores ópticos del ojo humano, al margen del simbolismo que pueda aplicarse a cualquiera de las obras, en su mayoría alegóricas. En definitiva el arte clásico griego no es un arte que usa aplicaciones, o ciencias aplicadas como ocurre en las épocas más académicas del siglo XVII y XVIII, en ese sentido, es el arte el que sugiere ciencias útiles que se desgajan de él a partir del Renacimiento “bajo la consideración de que el arte puede hacer más que la ciencia pero no lo mismo,… Miguel Ángel Buonarroti, y poco después Galileo Galilei, como cita Tatarkievizc,(44,1) “hizo más hincapié en ello”.
Ante la enorme cantidad de fuentes documentales (directas e indirectas), fuentes materiales o arqueológicas (también directas o copias), debemos seleccionar  cuidadosamente, aunque no de una forma arbitraria, aquellas que nos servirán para mostrar el objeto de nuestra hipótesis.

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