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miércoles, 18 de julio de 2012

ICONOGRAFÍA Y GÉNEROS ARTÍSTICOS: EL RETRATO BARROCO.

 

EL RETRATO  BARROCO


Para entender el retrato de este período debemos situarnos en el contexto de la Europa de los siglos XVII y XVIII, donde se produjo un gran cambio en el sistema de relaciones internacionales. Los grandes hitos serán las guerras de religión del XVII y las revoluciones del XVIII. Por otra parte, aparecerán nuevos horizontes, como Rusia y Estados Unidos.
Todos los acontecimientos históricos presentan rasgos diferentes, mostrándonos dos siglos ricos en contrastes y sorpresas, donde veremos importantes avances científicos y una nueva fastuosidad en las artes. Desde mediados del XVIII la medicina se convirtió en una disciplina moderna. También asistimos a los avances de navegación y los nuevos descubrimientos geográficos, junto con el nacimiento de una nueva economía que sentará las bases del capitalismo moderno. En cuanto al conocimiento, es el momento de los grandes saberes enciclopédicos.
Un panorama tan rico obligatoriamente queda reflejado de la misma manera en el retrato; de tal forma que en este campo se deja sentir la importancia de la época en rostros, ambientaciones, etc.

A lo largo del XVII podemos distinguir una serie de rasgos que permitirán identificar y definir al retrato de una manera bastante clara. Por una parte, el intercambio de ideas entre pueblos es más intenso y fluido. También asistimos a nuevos centros estilísticos o nuevas escuelas nacionales, que alcanzan una madurez extraordinaria. España en el XVII se asomará a este género de una manera importante; como también hará Holanda.
El espíritu del barroco se extiende por Europa de una manera homogénea, al menos en la circulación de ideas, y no tanto en cuanto a la homogeneización de rasgos de estilo o formales. Se contrapondrán las dos grandes estéticas del clasicismo y el naturalismo.
A pesar de estas diferencias habrá puntos artísticos de referencia universal; nos referimos al eje que lleva de Amberes a Roma, que seguirán numerosos artistas. Rubens sigue esa línea de norte a sur; era casi obligación para la formación de los grandes maestros del retrato nórdico moverse en torno a ese eje, como hizo Van Dyck.
Alrededor de estos ejes aparecerían artistas y tendencias claves, como Caravaggio, Rubens, Poussin, Bernini, etc; los puntos de referencia para todo el continente. Tanto es así que el XVII ofrece una alternativa clara a los pintores. Por una parte, ese naturalismo caravaggista, controlado por la luz; y por otra, la fantasía colorista, que es propia del decorativismo barroco.
Hay que tener en cuenta que los puertos del norte de Europa se convertirán, al igual que en el siglo XV, en centros de intercambio y comercio de arte. En esos puertos se desarrolla una importantísima actividad comercial que es la base de un nuevo mercado y clientela; una burguesía emprendedora que será la principal destinataria del arte flamenco del XVII. Con esto, Rubens y su influencia harán que Amberes se convierta en la capital del mundo artístico europeo.


Rubens. El retrato de aparato.

 

Rubens e Isabelle Brant en el jardín del amor.


Rubens e Isabelle Brant en el jardín del amor.


Este retrato es una exaltación de sí mismo en cuanto a pintor y humanista. Rubens es un personaje clave para crear el modelo ideal de artista del XVII: culto, refinado, lleno de ideas; alcanzó altísimos honores gracias a su condición de pintor y se convirtió en el ideal de artista al que se había aspirado en el Renacimiento.
En su taller pintaba, escuchaba música, le recitaban a Tácito en latín y escribía cartas. Era, además de pintor, un embajador y por tanto en este retrato aparece de esa manera; vestido correctamente, con una pose elegante, un gesto que revela seguridad en sí mismo y el adorno de la espada como signo de distinción. Rubens se presenta a sí mismo como una persona de gran éxito, alejado del ambiente de trabajo, nunca pintando.
Se ha representado en un ambiente romántico, como un enamorado delante del árbol del amor: la hiedra. Es importante el lenguaje de las manos entrelazadas con respecto al Matrimonio Arnolfini de Van Eyck; hay en Rubens un cambio substancial en la ambientación y concepción de la escena que incluso se ve en la forma de mirar de cada pareja. Isabelle Brant viste a la manera española, lo que habla de ese gusto por lo español en el XVII. Aun así, retrato posee un aire de solemnidad.

Franz Hals y su mujer.

Franz Hals y su mujer.


Sin embargo, Hals concibe de forma muy distinta la relación marital. El pintor se echa para atrás con una pose informal. Lleva sombrero de ala ancha y sonríe de una manera espontánea que nada tiene que ver con la elegancia de Rubens. Su mujer apoya pesadamente, sin delicadeza, la mano sobre sobre el pintor. Hay un enorme sentido de espontaneidad en Hals frente al aparato de Rubens.
La ironía está presente en este retrato, que además se relaciona con el pensamiento de estos momentos. Los dos retratos están hechos en ambientes religiosos muy distintos: el Amberes católico de Rubens frente a la Haarlem luterana de Hals, mucho más estricta y rigurosa.
Se ha incidido en que la ironía de Hals se ve en los rostros y en la aspereza de la vegetación junto a ellos. Hay, sin embargo, un punto de unión entre Rubens y Hals; la nobleza y la dignidad de la pintura que parece que subyace en ambos. En el segundo se ve en ese fondo de paisaje a la italiana, como una concesión a los logros que en Italia se habían alcanzado desde el Renacimiento.
Todos los restos clásicos que se ven en el fondo tienen poco que ver con la realidad; son alusiones a la diosa Juno como protectora del matrimonio, que garantiza la unión.

Carlos I de Inglaterra. Antoon Van Dyck.

Carlos I de Inglaterra. Antoon Van Dyck.
Dentro de la evolución del retrato flamenco fue Antoon Van Dyck capaz de encontrar un equilibrio entre el carácter áulico y la franqueza con la que son retratados sus clientes. En 1621 acaba su formación con Rubens y se va a Génova, donde hay una colonia de flamencos, y estuvo hasta 1626. Vuelve a Amberes y se muestra como alternativa a Rubens hasta 1628, que la Archiduquesa lo convierte en su retratista. En 1632 se convertirá en el pintor de Carlos I Estuardo hasta 1641, año en que murió. Es él, el precedente de una escuela de retratistas que en el siglo XVIII daría los primeros grandes nombres de retratistas ingleses: Gainsborough y Reynolds.
El estilo más personal de Van Dyck lo vemos en el retrato de Carlos I Estuardo, en tanto a que es precedente de este tipo de retrato. Este retrato no es ecuestre, los símbolos son alegorías del poder, como en los cuadros de Fran Hals y Rubens. Él encima no lleva signos presentes de su condición, esto es porque Van Dyck ha sido muy sutil a la hora de representar su poder, recuperando la visión de abajo a arriba (“soto in su”), como los cuadros de Carlos V de Tiziano, ya que expresa mejor la majestad real.
Lo pinta con atuendo de caza, que era un signo privativo de la nobleza, de su posición y de su carácter aristocrático. Este tema es repetido por Velázquez, que representa escenas de caza con perro. Es un capítulo común de la nobleza europea, unidos por este tipo de retratos.
El rey aparece acompañado por un palafrenero tocando las crines al caballo; están en el bosque iluminados por la luz del día. Pero lo que más nos interesa es cómo muestra al rey, con sombrero de ala ancha, jubón brillante, espuelas de oro, calzas y botas altas; en la mano lleva un guante, no está sorprendido de manera espontánea, sino que ha posado.
La espontaneidad y frescura la encontramos más aún en Velázquez. Sin embargo, aunque parezca espontáneo, todo está muy bien calculado. La mano sobre la cadera, lleva el guante en la mano, símbolo del mundo caballeresco al que pertenece. Es una forma elegante de ser representado,  es una elegancia que era propia del monarca, según “El Cortesano” de Baltasar Castiglione. Éste estableció un código de comportamiento, donde el rey debía aparecer rodeado de una nobleza ideal, poseedor de una cultura polifacética, con actividades como la caza. Además debe presentarse de manera franca y natural, pero conservando su dignidad y estableciendo una distancia respecto a los demás.


El retrato de estado.


El retrato de aparato va trasformándose, al mezclarse con la representación del poder, y llega al retrato de estado, muy ostentoso, dedicado a impresionar.

Luis XIV. Jacinto Rigaud.

Luis XIV. Jacinto Rigaud.

Es la representación del absolutismo más completo. El rey es representado a sus 63 años pero conservando aún todo su poder. Su absolutismo llegó incluso a la intransigencia de la libertad religiosa. Se dedicó a difundir la forma de vestir y de vivir francesas. También representa la pompa y el boato de la monarquía francesa. Aparece el rey de pie, con toda su majestad, delante del trono y con elementos que sí muestran su posición monárquica.
Nada que ver con el de Carlos I Estuardo, en éste no hay cercanía sino un gran alejamiento.
Va vestido muy elegante con un manto de armiño, decorado con flores de lis, que representan a los Borbones. Es un escenario ennoblecido, monumental, con una columna al fondo, relieves en los plintos que aluden a los valores y virtudes del monarca. Lleva peluca postiza, de grandes tirabuzones. Aparece la corona regia, el cetro, en al brazo izquierdo apoyado en la cadera donde va la espada, las piernas elegantemente puestas y zapatos de lazos rojos. La postura sí se parece a la de Carlos I. Todo está muy calculado, mostrándonos el espectáculo de la corte de Versalles, por donde se movía el rey sol con unos itinerarios que aludían a su condición de astro solar. Sus estancias estaban de este a oeste para que su vida cursara como la del sol. La Galería de los Espejos recibía los reflejos de la luz solar, como una gran caja de luz, además en los jardines, orientados en diagonal como si fuesen rayos del sol, predomina la figura de Apolo.
Con la ausencia de libertad religiosa tenía todos los ámbitos del país controlados, sobre todo el Jansenismo, una filosofía personal que negaba a las autoridades eclesiásticas la capacidad para representar la voluntad de Dios, y lo mismo hacía respecto a los monarcas.
Cuando su nieto Felipe de Anjou viene a España a ocupar el trono de Carlos II, nieto y abuelo se solicitaron mutuamente retratos, hechos por Rigaud, como regalos de despedida.


La estrategia de la imagen.
Para el retrato de estado es muy importante la estrategia de la imagen, como la escenografía de Luis XIV. Durante la primera mitad del siglo predomina el sentido clasicista de Poussin, una pintura muy culta y refinada que representa la historia y la naturaleza.

Felipe V de Anjou.

Felipe V de Anjou.

La nueva corona se encontraba ante un reto, tanto de lenguaje, cultura, tradición, etc. Felipe V sabe que debe vestirse a la manera tradicional española; con esa sobriedad propia de los Austrias. El retrato de ésta época estaba representado en España en el último tercio del siglo XVII por Carreño de Miranda y Claudio Coello. Con esto, Rigaud le da un carácter sobrio: con fondos neutros, en algunas ocasiones aparecen muebles, y los personajes se muestran envueltos en vestiduras negras y cuellos blancos. Los españoles, acostumbrados a esto, querían ver una cierta continuidad en el nuevo rey, aunque fuera visual. Por esta razón Luis XIV le recomienda a su nieto que no rompa ese lazo, convirtiendo los ropajes en elementos iconográficos. Así Felipe V aparece vestido con traje español, con la Orden del Toisón colgando del pecho y el pelo esponjoso. Hay  contraste en ambos retratos de Rigaud, pero ambos tienen el mismo fin político.
La severidad del Port-Royal Philippe de Champaigne contrasta con Rigaud, en él vemos como se produce un carácter intimista, influido por el Jansenismo, que plasma la teoría de Port -Royal. No aparece la riqueza del retrato de aparato, ya que Port-Royal es su contraposición, y Champaigne su mayor representante.

Triple retrato del Cardenal Richelieu. Champaigne.

Triple retrato del Cardenal Richelieu. Champaigne.

Es un triple retrato, un estudio para la tumba de Richelieu en la Sorbona. Este triple retrato nos lleva al debate que se produjo en el siglo XVI, donde los escultores para representar todos los puntos de vista con hacer un retrato, un busto, les sobraba, mientras que los pintores debían de hacer más de un retrato para captarlos todos.

 

Cardenal Richelieu. Champaigne.

Cardenal Richelieu. Champaigne.

Aparece en un interior monacal, está dentro del estilo Port-Royal. Se encuentra en un ambiente teatral, pero llama la atención la pobreza de elementos arquitectónicos; también llama la atención la pobreza en la gama de colores, que sin embargo tienen una fuerte intensidad. El rostro del cardenal aparece triste, en un recogimiento que nos invita a reflexionar. Tiene una postura parecida a la de Luis XIV; girado hacia delante, con el brazo estirado con el bonete en la mano. A pesar de esto no es un retrato político, sino de gobernador espiritual.

 

Velázquez y el retrato barroco.

Nace en Sevilla en 1599 y muere en Madrid en 1660, cinco años antes que Felipe IV. En su etapa sevillana pinta lo que la sociedad le pide, pintura de género, de costumbres y religiosa, dentro de un naturalismo que gustaba mucho.

El aguador de Sevilla (1623).

El aguador de Sevilla (1623).

Es muy realista y observador de la naturaleza. En cierto sentido podemos considerarlo retrato, porque usa modelos muy característicos de la época. Pacheco dice que Velázquez tenía un aldeanillo al que no paraba de retratar. Estos nos demuestra que ensayando el dibujo se puede representar mejor la realidad, sus matices y al hombre. Destaca y selecciona todos los matices de la realidad. Pese a que el modelo es de clase baja, tiene en
parte, distinción. Esta es la manera con la que Velázquez retrata al hombre, en una pintura de paleta limitada.

Sor Jerónima de la Fuente (1620).

Sor Jerónima de la Fuente (1620).

En ella se ve toda la carga de sinceridad del retrato de Velázquez. Esta monja franciscana pasó por Sevilla antes de embarcarse hacia Filipinas. Formaba parte de una de estas misiones evangélicas, de tanta importancia en el XVII, cuando incluso ayudaban al comercio y al intercambio de arte: por ejemplo, las visitas de San Francisco Javier a Japón contribuyeron a la entrada en occidente de jades, marfiles, etc. Esta monja anciana, sexagenaria, llegó a vivir casi veinte años más en Manila. Velázquez utilizó la mínima expresión de la paleta cromática. En ese sentido, intentó destacar la importancia, que originalmente estaba envuelto por una filacteria blanca. La luz
volvemos a verla como un elemento modulador.
Llama la atención la energía de la modelo. Un retrato de despedida venía a representar la inmortalización de la imagen de alguien a quien no se iba a volver a ver. Un sentido mesiánico debió ver Velázquez en esa monja, con esa gran seguridad que muestra ante una misión que parecía descabellada. Decía Julián Gállego que Velázquez nunca había pintado un retrato tan desagradable. No existía ese sentido de agradar al modelo, que tantas veces habíamos visto antes. No buscaba Velázquez un sentido adulador, que sólo desarrolló en el Conde Duque de Olivares. Con esto, representa al personaje tal y como se ve, escrutando el interior del personaje de una manera veraz.
En la corte tiene dos etapas, la primera es más corta que la segunda. Esta segunda será más larga y definitiva; durará hasta la muerte del sevillano. Dentro de la corte supondrá una gran renovación, ya que tras los retratistas de Felipe II el retrato había caído en un esquematismo agudo. En la primera serie de retratos cortesanos se encuentran los siguientes:

Felipe IV. Velázquez

Felipe IV. Velázquez


Cuando llega el sevillano y representa al monarca por primera vez es tan grande el impacto que se decide que nadie más represente al rey salvo él. En este retrato recurre a un esquema muy sencillo; con los pies en forma de compás (según Alfonso Pérez Sánchez), que da estabilidad a la figura, sin elementos que le acompañen, salvo algún mueble pequeño o sombrero. El personaje aparece de cuerpo entero, aislado, sobre un fondo neutro; la luz aparece desde la izquierda, creando sombras y modulando el espacio, lo que nos da la dimensión del espacio en el que se encuentra el retratado.
No recurre a ningún otro signo más, salvo los que el personaje lleva en sí mismo; como ese billete blanco que sostiene en la mano. Esto representa un memorial que simboliza la responsabilidad del rey. Lleva otro signo casi imperceptible, el vellocino o toisón de oro. En cuanto al retrato de su hermano el infante Don Carlos, también posee ese toisón y el memorial se sustituye por ese gesto de elegancia al dejar caer el guante.

Conde Duque de Olivares (1624).

Conde Duque de Olivares (1624).


Aparece la enorme figura del Conde Duque en pie, visto de frente, vistiendo el sempiterno traje negro que caracterizaba a la austera corte española. En su traje encontramos bordada la cruz roja de la orden de Calatrava, apreciándose las espuelas de oro de caballerizo mayor y la llave de  mayordomo al cinto, indiscutibles símbolos de su poder. Apoya su mano derecha sobre una mesa cubierta con un tapete de terciopelo carmín y la izquierda sobre la empuñadura de su espada, recortándose la figura sobre un fondo neutro. La mirada dura e inteligente del hombre más poderoso de su tiempo ha sido perfectamente interpretada por el maestro, con su capacidad para captar el carácter y la personalidad de sus modelos. Por lo tanto sigue la modalidad de estos primeros retratos de pie, con un mueble de acompañamiento y fondo neutro.
Tanto en este retrato como en el del rey joven el centro de atención está concentrado en el personaje. Ellos mismo se valen para presentar su condición. Lleva Olivares una llave de oro en la mano, que indica que tiene el cargo de sumiller de corps, uno de los personajes clave de la corte. El vestuario se enriquece con los puntos limitados de la cara y las manos. Estos cuadros están dentro de una gama de colores limitados; los fondos lisos y neutros causaron gran sorpresa frente a los retratos de aparato. Velázquez sólo necesitaba al personaje y todo se centraba a él, y gracias a la luz conseguía sensaciones ambientales.
En esta primera serie de retratos también hizo a personajes de la corte, como el de Francisco de Quevedo. Se cree que eran para el libro de retratos en grabados de su suegro Pacheco, entre los que había artistas, pero sobre todo políticos, miembros de la Iglesia, etc.

 

Luis de Góngora
Luis de Góngora.

Representa muy bien su personalidad, bastante conocida por sus contemporáneos. Lo retrata en tres cuartos, con ese negro dominante y los puntos de luz destacando sobre todo el cuello blanco.
Tiene un rostro duro, se ve su carácter en los ojos y en la boca; en esa cara afilada que revela un carácter fuerte. Quevedo lo acusó de judío por los rasgos de su nariz, lo que era uno de los peores insultos en la España de la época. El rostro está iluminado a la mitad.

 

Francisco de Quevedo.
Francisco de Quevedo.

Representa a un mundo distinto dentro de la corte. En su trayectoria poética hay dos etapas marcadas: en la primera es admirador de Olivares y en la segunda lo critica. Está representado con una técnica similar al de Góngora, pero aquí parece que Velázquez se rinde ante la inteligencia del escritor. Muestra un rostro inteligente, con los ojos concentrados y sus anteojos característicos; además, el pelo revuelto refleja la acidez de su crítica. La cruz de Santiago revela su situación hidalga.

 

 

Felipe IV con armadura.
Felipe IV con armadura.

En él se observa la evolución en la pintura de Velázquez. Este retrato nos sirve para acercarnos a un desconocido retrato que fue mostrado en las calles de Madrid y que no se conserva.
Destaca sobre todo la capacidad del pintor de haber representado tal y como es el rey, además le pregunta al retrato si retrata o si anima, si da vida al personaje, y es que uno de los temas literarios más de moda en la época es la relación entre arte y anatomía, o el arte y la naturaleza: El arte llegará a la frontera en el que parece real.

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Felipe IV, en Fraga .

Más mayor, se nota el paso del tiempo en él. Viste el rey de rojo y en la mano lleva una bengala. Ya no tiene el significado del anterior, este tiene significación política. En el que sale más joven aparecía con armadura, con la banda roja de capitán general. Tiene significación de poder  militar.

 

 

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Felipe IV de caza.

Se realiza en un exterior natural, en un claro del bosque. Aparece el rey vestido con atuendo de caza, polainas, guantes, con el arma empuñada y acompañado de un perro.

 

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Infante Baltasar Carlos.


Muy parecido al anterior, es una representación infantil y muy ingenua. En ambos Velázquez introduce unas nubes plateadas, con unos montes que existían, una naturaleza con gran frescura, algo que invade a los personajes. Felipe IV está representado espontáneamente, no como lo hizo Van Dyck con Estuardo, sino muy informal. Las representaciones de los animales son muy reales en ambos cuadros. Eran para la Torre de la Parada, donde había una colección inmensa de pintura.

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Retrato de Martínez Montañés.

Durante mucho tiempo se pensó que era Alonso Cano porque va vestido como un clérigo. Pero hoy día se sabe que Alonso Cano no hizo ninguna escultura del rey. Se representa al artista en el momento justo de realizar una obra de arte, tanto es así que un poeta de la época decía que se estaba “esculpiendo una idea”. Está sorprendido en un momento de trabajo en su estudio. Lleva en la mano un palillo de madera con el que está moldeando un boceto de barro que serviría para el Felipe IV de Pietro Tacca.  La postura de Montañés recuerda a la del propio Velázquez en las Meninas. Ha representado al escultor en el arte de esculpir, en el momento intelectual de las artes; reflexionando y con su inteligencia gobernando sus manos. Aun así, este cuadro siempre ha mantenido ese doble problema:el de la identidad y del significado.

El salón de Reinos.


Construido en el desaparecido Palacio del Buen Retiro, se decoró con un ciclo de los trabajos de Hércules, de Zurbarán, escenas bélicas de varios pintores, entre ellos Velázquez con la Rendición de Breda, y cinco retratos ecuestres. Estos cinco retratos fueron pintados antes de su viaje a Italia; posteriormente los retocará.
El Salón de Reinos estaba dedicado a la educación de Baltasar Carlos, pero con 12 años muere y se frustran los planes de sucesión. La decoración debía presentar un retrato de las grandezas de España para la enseñanza del príncipe. Le enseñaban las virtudes y valores del rey, tomándose como modelo la figura de Hércules, el héroe es capaz de elegir correctamente entre la virtud y el vicio. Zurbarán pintó allí ese ciclo, infundiendo carácter místico a esas escenas mitológicas. Hasta el momento su obra estaba centrada en temas religiosos con una estética casi conventual y nunca había pintado este tipo de escenas; por eso se le eligió. En cuanto al príncipe, su aprendizaje también se hacía mediante los cuadros de victorias bélicas y los retratos de los antepasados, del presente y de él mismo: Felipe III y Margarita de Austria, Felipe IV e Isabel de Borbón, etc.

 

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Felipe IV ecuestre. Museo del Prado.


Recuerda a Giambologna y Pietro Tacca. Participaron conjuntamente artistas y científicos, como Galileo, que calculó la posición del caballo de la obra de Tacca, y Montañés, que preparó esos bocetos para el retrato escultórico. Se encontraba en el Salón de Reinos, adjunto a los otros cuatro retratos ecuestres. La ornamentación del salón es de Velázquez, que muestra sus dotes organizadoras y constructivas en decoración de diferentes espacios.
Los retratos ecuestres son recompuestos, y existía una necesidad de encontrar las virtudes del próximo gobernante. Se elige la modalidad ecuestre inspirado por el poder y majestuosidad ya asentados por los antiguos retratos romanos. Quedan secuelas de la simbolización del poder comparada con la de un jinete. Posteriormente, se encontraran diferencias, en un conjunto y otro. En el muro este de esta sala se encontraban el Felipe III a caballo, con el fondo de paisaje de Guadarrama; y la Margarita de Austria, con una indumentaria inspirada en los retratos de Sánchez Coello y Pantoja de la Cruz, la herencia representativa del siglo XVI.
Se advierte una frescura e inmediatez de la pintura de Velázquez con una intención renovadora. Felipe IV aparece en un paisaje más perceptible, con el caballo en corbeta. Mientras que en Isabel de Borbon y Margarita de Austria los caballos se presentan al paso.
Toda la decoración del Salón de Reinos sigue una serie de principios que deben regir su educación. Para ello aparecen las virtudes en las que debe cimentarse su educación desde la cuna. Saavedra Fajardo hablaba de que el poder representa a un jinete, que debe dominar el arte de la equitación, alegoría del gobierno; el príncipe que fuera un buen jinete nunca sería descalzado por el caballo. El rey debe ser enérgico, sereno, dulce, con gran fortaleza y dotado de misericordia. Son esas las virtudes que envuelven a este buen gobernante, a las que sumamos la justicia y la benevolencia; ya conocidas y defendidas por Saavedra Fajardo.
Aparece en las espuelas el valor de mantenerse sereno en el estribo, con un carácter de ser un buen conductor de su propia conducta. Hay una mezcla de dulzura y rigor, se aúna en perfecta armonía, como si se tratase del león y el cordero, en el que se dan un abrazo, al cual lleva esa plenitud de los tiempos.
Se contempla la creación de escenas de batallas, en concreto doce; ahora en el museo del Prado. Entre ellas se encuentra la Rendición de Breda. Podemos apreciar la autenticidad del episodio, que narran las crónicas y grabados de la época recogidas por el pintor, que no estuvo allí.
Así, recoge lo esencial del momento. Hay una gran importancia simbólica en esta conquista efímera de los españoles, que sirve como precedente para sus sucesivas conquistas en Holanda. No es un hecho aislado, sino histórico y en grupo. Ocupan un lugar preponderante en la rendición Ambrosio Espínola y Justino de Nassau. Con todo, hay una solución interesante a este grupo: el caballo, que ocupa un lugar secundario, ante las lanzas que dan el sobrenombre al cuadro.
Domina una gran espontaneidad en los demás personajes. La filosofía política relacionada con esto cobró una enorme importancia, hasta tal punto que llevó a Saavedra Fajardo idear sus empresas. En este sentido, en los siglos XVI y XVII había aparecido el nombre de Sebastián de Covarrubias.
De nuevo en el grupo central, ninguno representa esa sumisión política y de poder en la entrega de las llaves. Se trata del momento más humillante de toda la rendición: la entrega de la posesión de la ciudad a través de las llaves, como símbolo de la derrota ante los ejércitos españoles.
Esta obra alteró el sistema de todo el Salón de Reinos, en el que Carducho realizaría escenas posteriores de la batalla.
Cabe esperar que genio y gesto concuerden con el hecho de que se baja Ambrosio de Espínola de su caballo y deja que se vaya de forma espontánea. Se trata de una línea de composición que altera el convencionalismo de la escena. Lleva su banda de general, de color carmín, con el efectismo del reflejo que lo hace parecer seda. De esta manera se aproxima a Justino de Nassau, que empieza la genuflexión. Sin embargo, Espínola coge por el hombro al derrotado Nassau para evitar la humillación, tratándolo de igual a igual. Así debe ser el comportamiento del príncipe; mostrando en todo momento su virtud para que la conquista no sea sólo bélica, sino también de espíritu.


Sinceridad y adulación. La locura del poder.

 

 


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Conde Duque de Olivares.

En este escenario barroco, la aparatosidad y la grandiosidad en la adulación se disponen a favor del valido de Felipe IV. El Conde Duque también había progresado en la corte, y Velázquez lo retrata mirando al espectador, en un escenario lleno de fuerza; la batalla de Fuenterrabía, en la que nunca estuvo. Este retrato le sirve a Velázquez para representar al individuo con toda la locura del poder.


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Inocencio X.


La sencillez, veracidad y serenidad del Inocencio X nada tienen que ver con la aparatosidad de Olivares. Aquí Velázquez demuestra su capacidad de representar a los individuos como son. Lo coloca en la situación preferente, apartado de todo el escenario, es decir, lo saca de la escena. En el caso de Inocencio X lo realiza con dos colores, envuelto con esa cortina de damasco, con el bonete de color rojo y el blanco para el resto. Aparece sentado en esa silla dorada, con la mirada agria propia del Papa Pamphili. Le otorga una gran veracidad, y nos hace caer en la idea de estar ante un ser totalmente real.

El poder de la locura.


Realiza también pintura de bufones y enanos, de un gran realismo. Estos seres deformes eran interesantes, por ser una especie de juguetes en la corte de Felipe IV. Sin embargo, no sólo era un caso típicamente español; eran permanentes en todas las cortes europeas. Se trató más bien de una moda del siglo XVII, ya que en época de Felipe II no existían en la corte.
Así, con Felipe IV prosperan en España esos personajes deslenguados, ambiciosos y glotones. Incluso, al final de sus días muchos de ellos se retiraban con una buena pensión. Dentro de la pintura de Velázquez se les solía representar de forma aislada, aunque algunas veces aparecían acompañados de nobles. Al parecer estas pinturas se exponían en las galerías del Alcázar de los Austrias, muy próximas entre sí.
Velázquez prestó atención para comprender las limitaciones de inteligencia y corporales de estos personajes. Lejos de convertirlos en objetos de burla, los dota de un encanto y los trata de forma digna. Muestra una visión noble de estos personajes deformes y los dota de un alma digna.
Con esto vuelve a la técnica del personaje colocado en primer plano, para que aparezca solo, sin ningún acompañamiento.


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El bufón Calabacilla.

Lo pintó con dignidad, en un primer plano y un espacio desnudo en el que juega con la luz. Tiene calabazas a sus lados, de ahí surge su mote. Está agachado, como temeroso, transmitiendo un sentimiento de compasión. Va bien vestido, con traje de la época. En cuanto al rostro, Velázquez no evita ningún punto de realismo; lo trata con dignidad sin evitar los motivos de su enfermedad, quizás un retraso mental.

 

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Don Pablo de Valladolid.


De semejante manera representa a este otro bufón. Está en un espacio abierto, la luz viene del lado izquierdo y va vestido a la moda. Aparentemente tiene un aspecto corriente, pero su vientre era excesivamente abultado y para mantener el equilibrio debía abrir en exceso las piernas. Con esto se nos muestra su enfermedad y su secuela.

 

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Diego de Acedo “el primo”.

El personaje aparece retratado al aire libre, escribiendo. Intenta demostrar el tamaño del libro comparado con el del personaje. La paleta es diferente a la de otros cuadros, más variada.

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Don Juan de Austria.

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Barbarroja.

Estos dos personajes eran enemigos irreconciliables y con sus peleas hacían las delicias de la
corte. Al contrario que la mayoría de los anteriores, están fuera de la pintura monocroma, con una
pincelada colorista, luminosa y un escenario natural.

Velázquez. La teología de la pintura.

En las décadas centrales del siglo XVII estará muy de moda el retrato en grupo.

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Las Meninas.

Hace abierto lo que es cerrado, es decir, idea una realidad que no podemos contemplar pero que el espejo nos sugiere. Su composición totalmente barroca funde la realidad y la fantasía. El purismo al que llegó Velázquez con este retrato grupal ha hecho que se haya hablado de una  “teología de la pintura” en él.
De derecha a izquierda aparecen varios personajes representados: Nicolasito Pertusato, un niño enano italiano; Mari Bárbola, una enana de origen alemán; detrás, el guardadamas y junto él, Doña Marcela de Ulloa. A continuación, Doña Agustina Sarmiento; en las escaleras se ve a Don José Nieto, el aposentador de palacio. Doña Isabel de Velasco sirve una copa a la Infanta Margarita, que después será Emperatriz de Austria. Finalmente, Velázquez se representa a sí mismo retratando a Felipe IV y Mariana de Austria, que sólo se ven en el reflejo del espejo.
El espacio se representa con exactitud. La penumbra de la estancia se ilumina mediante la ventana, por donde entra gran cantidad de luz.Algunos detalles se representan con gran realismo;
como la pérdida de azogue del espejo. Aparecen también dos cuadros de Juan Bautista Martínez del Mazo: las copias de Rubens y Jordaens y sus Palas y Aracne y Apolo y Marsias.
La figura del pintor está elevada en la corte, no sólo por ser retratista del rey, sino porque formaba parte de la orden militar de Santiago. Además, esos cuadros mitológicos del fondo adquieren un nuevo significado, al justificar la pintura como arte liberal. Recogen los mitos de la contienda entre Palas y la mortal Aracne y el dios Apolo desollando a Marsias. En ambos episodios había un desafío del mortal al dios, al que intentaba superar en habilidad. Así, Palas y Apolo acababan derrotando a sus enemigos y demostrando que las artes liberales se elevaban sobre la artesanía. Con esto se daba también una lectura moralizante sobre el pecado de la soberbia.
Los artistas en el siglo XVII defendían su espacio, su lugar en la sociedad y su carácter intelectual. Así pues, Velázquez se representa a sí mismo por su labor de pintor y el rango que ocupa en la corte. No se retrata trabajando, sino en el instante de la reflexión, recuperando esa idea leonardesca de la pintura como arte mental. Por tanto, está representando la importancia de la pintura. Se trata de un canto a la pintura, y más tras saber que quizás la cruz de Santiago fue pintada tras su muerte; incluso se ha hablado de que pudo hacerlo el mismo Felipe IV.
Cuando muere Velázquez no tiene continuadores. Le sucederán Carreño de Miranda y Claudio Coello como retratistas de Carlos II y Mariana de Austria, dominando el panorama pictórico hasta la llegada de pintores franceses de Felipe V.

El retrato holandés del siglo XVII.


En los Países Bajos del XVII continuará el esplendor comercial anterior. Tenemos aquí dos figuras importantes: Rembrandt y Franz Hals, que se mueven en los centros de Ámsterdam y Haarlem. En el caso del mundo luterano el camino seguido por la pintura era bastante claro, puesto que se alejaba de la pintura religiosa y se había adentrado por otros caminos iconográficos que permitieron el triunfo del paisaje, llegando a ocupar el porcentaje más numeroso las escenas de costumbres, el retrato de campesinos, etc. Mientras, la pintura religiosa había caído en segundo plano. La excepción será Rembrandt, en el que esa pintura será importantísima. Sentirá una inclinación fortísima por el grabado, lo que le da una peculiaridad poco común.
La falta de grandes encargos de pintura religiosa hará que surjan nuevos mecenas que representan a ese nuevo amante del arte que concederá un valor determinado a la pintura, convirtiéndola en mero objeto de comercio y de intercambio; al contrario que la Iglesia, que veía al arte como objeto aleccionador. El destino de la pintura ahora serán las casas de esos nuevos mecenas, que la utilizarán para decorar. Representan a esa nueva burguesía acaudalada para quienes la pintura era una mercancía más.
Los nuevos artistas siguen el dictado de unos gremios formados por compañías comerciales, que son los que encargan las pinturas. De esta forma son esos burgueses los que encargan la pintura que les gusta. Los temas preferidos serán los interiores que le encargarán a Vermeer, Hals, etc. Les interesaba la vida diaria, el interior de la casa burguesa y el paisaje. Esto pondrá de relieve la importancia social de los gremios, que harán ver su importancia como colectivo, asociándose incluso para la defensa de la ciudad, formando milicias. Con esto, se dará lugar a la existencia del retrato colectivo o, mejor aún, estamental. Se representarán a grupos sociales muy cohesionados, pertenecientes a un mismo sector urbano. Normalmente representarán de forma clara a la sociedad luterana.
Principalmente los centros artísticos serán Ámsterdam y Haarlem.
Rembrandt.

 

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Autorretratos.


En el año 1631 inicia su carrera en Ámsterdam, siguiendo la demanda de la pintura holandesa que solicita la sociedad del momento. La pintura holandesa se encontraba dominada por el retrato burgués, en representación de esa sociedad, distinguiéndose del resto de Europa. Habrá dos modalidades dentro de la retratística: el retrato burgués de tipo individual y el retrato burgués colectivo.
Rembrandt cultiva estas dos modalidades de retrato. Por otra parte, en sus autorretratos atiende a otros gustos exóticos alejados de la estética luterana. Hay un cierto exotismo en sus retratos, además de una idea por no sólo fijarse en la identidad personal del modelo, sino la clase social que ocupa.

 

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La novia judía.

No se ceñirá a las correctas conductas de la estrecha normativa luterana, y acabará buscando otras culturas más extrañas que consagran esa libertad.


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Ronda de Noche.

En el año 1642 realiza la Ronda de Noche. En él retrata a los arcabuceros de Ámsterdam, que tienen como símbolo una perdiz colgando de la cintura de ese personaje femenino que destaca sobre los demás. Hay un importante juego de luces dentro de la penumbra; en los dos arcabuceros de la milicia de Ámsterdam y en ese personaje alegórico femenino.
En contraposición al otro gran retrato grupal, las Meninas, promovido por el rey, aquí tenemos otro mecenas distinto, compuesto por las milicias urbanas de la propia Ámsterdam. Las milicias urbanas encontrarán importante la representación de sus miembros, puesto que la constituían los individuos más ricos de la ciudad. Hay dos personajes destacados, el capitán y el teniente de esa milicia: Aparecen con la banda roja y espada, y el segundo con la banda blanca. El título no responde a la realidad; la escena sucede de día. Las luces que reciben los personajes metidos en un escenario en sombra proviene del sol. Todos ellos representan la condición social de los cargos políticos de la ciudad.

 

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Compañía del Capitán Cloeck. Thomas Heyser.

 

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Banquete de la milicia de Ámsterdam. Cornelius Antonisz.


Destacamos la idea de conjunto, donde no hay ningún individuo que sobresalga o destaque sobre los demás. Ese será el sentido tradicional del retrato colectivo.
Sin embargo Rembrandt, añade un principio jerárquico que no aparece en esos retratos colectivos. Ese sentido jerárquico es el escenario de esa penumbra para destacar la vida de las milicias. Están en la calle, y no en un espacio interior. Según los artistas la pintura de historia era como la épica, el género más importante de toda la temática de la pintura. Sin embargo, le da un sentido del decoro.
Justo en 1642 visita Ámsterdam María Enriqueta de Holanda. Poco antes había visitado la ciudad María de Medici. Esto pudo dar lugar a la formación de esta guardia de honor. Por una parte la manera de dignificar a todos los militares unifica de forma extraordinaria la libertad de movimiento de todos ellos, otorgándoles autonomía con respecto a las unidades teatrales que había sido la norma de la perspectiva clásica. Los personajes se presentan de forma no rígida, sino llenos de espontaneidad, y no quedan congelados sus movimientos. Sin embargo, es muy respetuoso con las unidades de tiempo, acción y lugar. Otra de las características es la originalidad del retrato colectivo, con esos dos personajes centrales que están destacados. Se sigue el principio jerárquico por el vestuario que llevan y porque se encuentran en el lugar más adelantado.

 

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Lección de anatomía del Profesor Tulp.

Esta es otra concepción distinta de retrato colectivo, en el que alumnos y profesor aparecen como grupo. Era un rasgo característico de estos retratos grupales holandeses que cada miembro pagara por su representación, que debía hacerse con total fidelidad. La obra muestra la apertura intelectual de los humanistas holandeses; muy en contraposición con la Iglesia. En cuanto a la composición, las cabezas construyen un entramado geométrico en el que el foco de atención es el cadáver iluminado por ese foco de luz. Se trata de un tema delicado, ya que existía la prohibición eclesiástica de diseccionar cadáveres; abrir un cuerpo humano violentaba la intimidad y era una profanación, al diseccionar a un ser creado a imagen y semejanza de Dios. Este cuadro nos muestra a una sociedad muy avanzada, fuera del catolicismo europeo, que parece que no se siente comprometida con la Iglesia..
En esta sociedad comercial había un cúmulo de contradicciones: se consagran rígidos estamentos sociales que conocemos a través del retrato estamental y se potencian las manifestaciones de sentimientos religiosos como la caridad.
El cuadro se compone de líneas que lo dominan en un triángulo. Hay una cierta manera de presentar el hecho de forma fría e impersonal. Produce impacto el brazo diseccionado con colores amoratados. La escena posee un sentido docente, de lección anatómica.

 


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Lección de anatomía del profesor Deyman.

Supone un paso más. Se muestra el cadáver no solo en actitud forzada, sino con sus entrañas  al descubierto. La disección completa del cerebro no tiene ya un carácter simbólico, sino real. Se abre para saber donde reside la inteligencia, lo que le da un sentido emotivo al cuadro. Hay un forzado escorzo, en una perspectiva que recuerda al Cristo Muerto de Mantegna, donde se produce esa veneración mística por el cuerpo de Cristo en el sepulcro.
Por el contrario, en el caso holandés hay una veneración hacia la medicina, ese mundo nuevo que se está aprendiendo y conociendo. Se desarrollará un campo artístico que los artistas conocen para estudiar el cuerpo humano. Incluso Velázquez poseía en su biblioteca un ejemplo del tratado La materia médica, de Dioscórides. Este interés le llevó a incluir un elemento de realidad en la fábula de Las hilanderas: la unión de la música con la medicina. Relacionado con esto hay un desarrollo de la fisonomía, el estudio del carácter humano.

 

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Historia de Cambises, Gerard David.


Muestra la historia del persa Cambises, traicionado por sus generales y desollado vivo. Este cuadro de historia probablemente influyó a Rembrandt.

Franz Hals.

 

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Arcabuceros de San Jorge.


Comienza a hacer sus primeros retratos en Haarlem, en 1600. Como toda ciudad holandesa, Haarlem era bastante próspera. Se trata de una ciudad enriquecida por el comercio, lo que permite crear las condiciones necesarias para representar a la burguesía como un estamento social determinado. Los arcabuceros de San Jorge son una guardia urbana; un grupo selecto de la sociedad del XVII. Hals retrató como grupo a estas milicias que se crearon para mantener la seguridad contra la invasión de los españoles, la guerra de los treinta años, la organización de fiestas, banquetes, etc.
Los representa como un retrato corporativo; con gran libertad de movimiento. Todos aparecen con la misma dignidad, sin ninguna distinción jerárquica, pero en un ambiente distendido y con gran espontaneidad.

 

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Los regentes del asilo de Haarlem.

A través de estos imágenes comprendemos la importancia del retrato en la sociedad: era el único medio de presentarse y exhibirse ante los demás. Esto motiva el incremento de la demanda, porque con ellos el individuo reafirmaba su importancia social individual y como grupo.
Los miembros de este díptico eran los representantes de las instituciones de caridad. Por su condición e ideología cristianas la sociedad les reconocía una jerarquía superior a la de los gremios. Esto justifica la necesidad de un doble retrato colectivo. Ejercían una actividad socialmente notable; combatir la pobreza en una sociedad donde las riquezas estaban distribuidas de forma muy desigual, lo que provocó un éxodo campesino hacia las ciudades, que derivó en un crecimiento de la miseria que acabó convirtiéndose en un verdadero problema. A este problema no podían hacer frente la instituciones urbanas, así que estas asociaciones de caridad tomaron el testigo, bajo unos sentimientos cristianos fundamentados en los preceptos luteranos. Para ellos la mendicidad era una cuestión municipal, y por ello se buscó la creación de estos centros públicos, sobre todo en
Alemania y Países Bajos, donde se combatiera la pobreza. Sin embargo la realidad era bien diferente. Se partía de la idea de la pobreza como castigo divino, de ahí que a los pobres se los relacionaba con los males sociales. En el siglo anterior se habían creado muchos centros de ese tipo, en los que recluían a los pobres para trabajar duramente, mal pagados y sacando pocos beneficios. Se encontraban cercanos a orfanatos, asilos y manicomios,
y con el trabajo de este sector explotado se obtenía un gran beneficio económico que era administrado de forma caritativa. La caridad, que en el siglo XVI había sido una obra de misericordia para los luteranos, era ahora un servicio gratuito. Esto lleva a que en el XVII aquellos pobres sean encerrados en estos centros, en cuya administración se colocaban estos regentes nobles. En cuanto a los regentes de Haarlem, eran buenos cristianos. Sus retratos se centran en representar al individuo que administra la caridad y no al objeto que combaten. Se evita en todo momento el dramatismo crudo de la pobreza, y se trata la exaltación de una clase social determinada, la exaltación pública de esos individuos que poseen la virtud de la caridad, que se administraba públicamente. El regente constituye un estatus social propio que no se mezcla con la gente de baja condición. Se les representa en sus reuniones, con la cabeza cubierta, ya que los únicos que la llevaban descubierta eran los sirvientes. Realizó Hals este díptico al final de su carrera, pero conservó esa modalidad del retrato estamental, junto con la calidad del retrato individual, por el que cada regente pagaba una parte. Los representó en una atmósfera tranquila y silenciosa. Aparecen vueltos hacia el espectador. Desde el punto de vista técnico se realiza con una pintura de pincelada suelta, alla prima, muy parecida a Velázquez. Al grupo masculino lo retrató sobre un fondo oscuro y uniforme. Mientras, su equivalente femenino se abre ante un fondo de paisaje con un sentido teatralízante, como tratando de simbolizar el camino de la virtud.

 

 

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La Cíngara.

Lo realiza en el año 1625. Para la clientela noble de la ciudad ese estilo vigoroso y libre no se acomoda a sus gustos por buscar modelos distintos, poco convencionales, como la gente humilde de Haarlem y los niños de la calle; en este punto se encuentra la Cíngara. Esta devoción por los temas poco convencionales le hizo perder la clientela burguesa y aristocrática, lo que le llevó a la ruina total.
Con todo lo anterior, la situación impuesta por el protestantismo hizo languidecer la pintura religiosa pero contribuyó a afianzar el retrato como género libre.

 

(Gracias a Ramón García del Real Martínez por sus magníficos apuntes)

miércoles, 4 de julio de 2012

ICONOGRAFÍA Y GÉNEROS ARTÍSTICOS. BLOQUE 2. EL RETRATO

 

Escultura Romana

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El retrato cristiano.
Motivaciones del retrato.
Según André Grabar, una de las principales motivaciones del retrato en el mundo cristiano, al igual que en el caso de las imago maiorum (mos maiourum) romanas, sería la superación de la muerte y la inmortalidad del individuo a través de su imagen. A lo largo de los últimos siglos, el retrato se  había convertido en una práctica importante; todos los emperadores tenían su propio retrato y habían adquirido un valor institucional.


El mundo cristiano comprendía estas motivaciones y las hizo suyas con algunos matices. En el caso de la superación de la muerte estaba claro que no se podía asumir la idea de las religiones antiguas de conservar la vida en la tierra a través de la imagen – una idea heredada del tema del ka egipcio - , ya que el cristianismo partía de la idea de que el cuerpo se perdía pero el alma permanecía. Por tanto, el concepto de inmortalidad de la imagen debía cambiar, combatiendo la idea idolátrica de que el individuo se encarna en una imagen.
Esta negación hubiera supuesto la desaparición de la imagen con el mundo cristiano, y sin embargo el retrato continuó con una gran fuerza. Junto a los modos habituales de retrato (la escultura), aparecieron otras vías donde se tuvo un desarrollo muy rico: alhajas, dípticos consulares de marfil, retratos sobre cristal, etc; con lo que se enriquecieron enormemente las posibilidades.
Estas modalidades se apoyaron en una técnica depuradísima, que tuvo sugerencias cada vez más acusadas para comprender la personalidad del modelo; por ejemplo, sugerir la edad del retratado a través, sobre todo, de los ojos y su contorno. Hay, por tanto, un desarrollo extraordinario de las técnicas pictóricas.

 

Fayum mummy portraits
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Todo esto dio lugar a una verdadera ciencia de la observación del individuo y la naturaleza humana, que parecía tener su origen en el mundo grecoegipcio, especialmente en la zona de Al-Fayum, que impregnaron todo el retrato hasta Constantinopla.


Quizás esto alcanzará su cumbre en tiempos de Gala Placidia, en el siglo V, cuando vemos que el retrato tiene dos grandes áreas en las que se muestra: el retrato vinculado a la escultura, que se desarrolla de manera más intensa a medida que el Imperio se consolida, y que decae con él; y el sector de la pintura, que coincide con las etapas de decadencia del mundo romano. Esta última modalidad tenía una serie de ventajas:

  • En primer lugar, económicas. El retrato pictórico resultaba mucho más barato. Pero sobre todo, la gran ventaja es que permitía investigar a los pintores de una manera más pausada y consciente todos los secretos del alma humana.
  • Precisamente en esa indagación personal es donde el retrato cristiano profundiza. El cristianismo había concedido al hombre una dignidad individual sorprendente, donde la gran recompensa que se ofrecía al hombre, esa salvación del alma tras la muerte, estaba vinculada con el valor del individuo, y por tanto, fomentaba la conservación del retrato.
    El cristianismo favoreció todo lo que al individuo se refería: las particularidades físicas del cuerpo, y sobre todo, los medios expresivos tradicionales. Esta forma de concebir el retrato se vio en la nueva modalidad del Orante, que responde a unos modelos muy determinados.

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Catacumbas de Santa Priscila.

      En esta representación de las Catacumbas de Santa Priscila aparece la figura realizando el ritual cristiano, de pie, a la manera clásica; antes de que se estableciera la oración de rodillas. La inspiración en Al-Fayum es clara. La observación por los detalles demuestra el interés por la fisiognomía y la personalidad. Estas figuras se encuentran en cementerios, con lo que llevamos al retrato de nuevo hasta su orígenes funerarios. La aparición de estas consideraciones y técnicas son contrarias a las figuras sagradas, donde los artistas mantienen mayor fidelidad al pasado frente a la figura pintada, utilizando las técnicas más tradicionales del mosaico y la escultura.
El origen del retrato pintado debemos buscarlo en la nueva situación política del Imperio, donde se produce la descentralización del poder que inauguró la Tetrarquía, cuando Roma perdió su poder dirigente en el mundo y aparecieron otras grandes capitales. Otro factor será la presencia del mundo bárbaro en los países tradicionales del clasicismo. Con la desaparición de la vieja sociedad del clasicismo, desaparece también el sentido visual de un arte que no se acomodaba a las viejas circunstancias. Eso fue lo que motivó el nacimiento de esta nueva modalidad de retrato. Por una parte, Roma pierde su dignidad imperial, pero por la otra, alcanzará un nuevo rango, convirtiéndose en la sede de los Papas, que recogerán el legado de los antiguos emperadores e incluso harán como ellos al colocar sus propias representaciones en los lugares sagrados: los cementerios y catacumbas,
y los ábsides de los templos, junto a las figuras sagradas.

 

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Ábside de Santos Cosme y Damián. Roma.

En este ejemplo los personajes sagrados y los reales se entremezclan, pudiendo distinguirlos por la inscripción de sus nombres. Lo que aparece en este momento es una nueva modalidad de retrato: el retrato sacerdotal. De esta manera los ábsides de las grandes basílicas verán aparecer santos, papas y signos y motivos iconográficos que tratarán de diferenciar las distintas personalidades de unos y otros.
La distinción entre vivos y muertos se hará a través del nimbo, una distinción jerárquica que con su forma circular indica que se encuentra sobre un personaje sagrado. Cuando el símbolo tenga forma cuadrangular o aparezca directamente con la cabeza descubierta esto indicará que se trata de un personaje viviente.

 

El retrato bizantino.

Los verdaderos cambios en este sentido los veremos precisamente en San Vital en Rávena. Los personajes que aparezcan aquí con nimbo circular no son alegóricos, sino retratos reales. Con esto vemos esa idea de distinguir las personalidades de Teodora y Justiniano a través de su imagen. Por otra parte, Maximiano aparece con la ya tradicional inscripción identificativa. Estos cortejos se encuentran en los laterales del ábside presidido por Cristo Cosmócrator, lo que nos habla de la jerarquía litúrgica del momento.
Hay en San Vital muchos detalles formales que nos muestran la tarea de artistas bizantinos, pero también se relacionan con la tradición occidental del mosaico, y la estética bárbara y su gusto por la suntuosidad. En realidad, el mundo bizantino se había dejado influenciar por el gusto bárbaro por la riqueza y la joyería, sin dejar de combatir el mundo lombardo y el legado que había dejado Teodorico y su corte en la zona de Rávena.
Los mosaístas bizantinos, cuando se produjo la expulsión bárbara, ocultaron los vestigios de lo anterior, destruyendo los retratos de la corte lombarda. Esto se ve claramente en el monasterio de San Apolinar Nuovo.
Los textos antiguos, especialmente el Liber Pontificalis, hablan de retratos de pontífices, refiriéndose a ellos como imagines; por tanto, de una modalidad de retrato que se encontraba en las iglesias de Roma. Una de esas imágines es el retrato de Juan VII, que lleva una iglesia en sus manos. El Liber habla de este Papa del siglo VIII como de un hombre frágil y tímido, algo que tuvo en cuenta el mosaísta, que lo representó llevando en sus manos un modelo de iglesia (Santa María la Antigua), que presenta como ofrenda. Estos nuevos modelos influirán en los retratos ulteriores; si antes hablábamos de un retrato sacerdotal, ahora debemos incluir el retrato oferente, que insiste en lo personal e individual, como en Juan VII. Con estas características el retrato occidental se enfrentará al retrato bizantino, mucho más preocupado en lo alegórico y representativo.
En el retrato occidental lo personal es una justificación; el Papa se mide a la cama divina. Así, la antigua iconografía del Orante de San Calixto, evolucionará hacia la nueva modalidad: el Donante.

El retrato medieval.
La conservación del retrato. La miniatura.
En los primeros momentos de la Edad Media es muy difícil rastrear el retrato. Si acaso, en la miniatura se puede encontrar su conservación. Es ahí donde encontramos los valores que impregnan el retrato en estos momentos. Los monarcas carolingios se hacían diferenciar a través de la expresión. El reflejo de la personalidad es importante en esta tradición, pero sobre todo se trata de subrayar el origen divino del poder, como vemos en las miniaturas de Carlos el Calvo, donde el rey ejerce su poder en nombre de la divinidad que lo protege y distingue.

Miniatura carolingia
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Miniatura de Carlos el Calvo.

Se representa sentado en un trono con alto respaldo, en un nivel superior al resto de personajes que forman un semicírculo mirando hacia él. Un semicírculo que está más bajo, enmarcando la escena en ese arco de triunfo y donde se establece una diferencia entre el nivel superior, donde se mueve la majestad del rey y el nivel terreno donde se mueven los cortesanos y personajes religiosos.
El rey, sentado, es contemplado porque se ha descorrido una cortina, y tiene como fondo el cielo azul. Está rodeado por unos santos guerreros y en la parte superior aparece la dextera domini señalándolo. Esta mano es el signo de la elección divina del rey, en la que éste es elegido por la gracia divina, y marca, por tanto, una diferencia importante respecto al carácter místico y sagrado del cortejo de Justiniano en Rávena. En los cortejos del emperador bizantino y su mujer, Teodora, los monarcas rendían culto a un personaje divino, el Cristo Cosmocrator del ábside. Por el contrario, en este caso los dignatarios de la corte, los santos y los clérigos se mezclan para exaltar a un rey que sabemos que ha sido designado por la gracia divina.
Esta posición tan alta de la imagen de un monarca hace que los reyes sean introducidos en un alto trono, un baldaquino al que acompaña esa mano de Dios, pero también es importante la introducción de ese instante y ese retrato a través de las miniaturas de un libro sagrado. Gracias a las anteriores modalidades de retrato: el sacerdotal, el real en las miniaturas, etc. el retrato continuó perviviendo en la Alta Edad Media, a pesar del rechazo de muchos pueblos bárbaros a este tipo de representaciones.
Las dos anteriores formas de retrato darán lugar a dos grandes líneas retratísticas:

  • En primer lugar, el retrato real quedará circunscrito al ámbito de la soberanía.
  • Y en segundo lugar, el retrato sacerdotal y de los Papas quedará reducido al mundo sagrado; de manera que en esta segunda tipología se mezclarán el retrato orante y el donante.

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Ábside de San Demetrio de Salónica.

En él se produce la mezcla de esto. Aparece el donante que ofrenda un objeto sagrado. Vemos la diferencia de los nimbos cuadrados, en el caso de los personajes vivos, y el circular del santo. Este santo, en el centro, tiene a su derecha el magistrado de la ciudad y a su izquierda el obispo.
El retrato se mezcla con un objeto sagrado, porque la consagración de las iglesias es lo que ha motivo la existencia de estos retratos, con unos hombres piadosos que han financiado una obra religiosa. Nos encontramos aquí ante una nueva versión del retrato, bajo la figura del donante, al que va a ser fundamental en la historia posterior del retrato, especialmente en el retrato bajomedieval.

Pintura gótica
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Retrato y cultura gótica.
La cultura gótica había convertido al hombre de nuevo en medida de todas las cosas. Esto lo vemos en los Sonetos de Petrarca, dedicados a Laura, donde encontramos el canto y la idolatría por la imagen de su amada.
Es conocido el hecho de que la imagen de Laura se había plasmado en un retrato pintado por Simone Martini, que no se conserva actualmente, pero que con toda seguridad se puede restaurar en esas vírgenes idealizadas y de belleza sobrenatural; las Vírgenes de la Anunciación de Martini. Los valores que pueden representar esa imagen religiosa son los mismos que podía transmitir la figura frágil y delicada de Laura. La similitud o similitudo antigua es uno de los elementos, por tanto, recuperados por el mundo gótico. La recuperación del hombre como centro de todas las cosas es importante. El sentido humanista de la escultura gótica es uno de los valores dominantes de estos momentos. En este gótico final existe un gran número de retratos, donde se ha considerado el reconocimiento del hombre en el mundo que le rodea. El hombre aparece con sus propios rasgos.
Estos valores conseguirán que poco a poco se vaya liberando el retrato de sus argumentos narrativos, para lograr su propia independencia. En Italia el retrato derivará de la recuperación del aspecto físico.
Aparecen dos capítulos en el retrato de estos momentos. Por una parte, el retrato del difunto, donde lo que más importa es el sentido de genealogía y la pertenencia a una estirpe, que podemos comprobar en las capillas funerarias góticas, dedicadas a la exaltación del apellido y la estirpe; mientras que en el Renacimiento lo que primará en estas capillas es la gloria del individuo. Los ejemplos más cercanos y llamativos los encontramos en la Catedral de Murcia; son la Capilla de los Vélez, ensalzando esa estirpe; frente a la Capilla de Junterón, glorificando la figura individual de Gil Rodríguez de Junterón. Junto con esta tradición, la representación de personajes concretos está vinculada a las cortes de Avignon, Borgoña y su sede en Dijon, con un gran sentido naturalista.
El desarrollo del retrato no seguirá un mismo camino en Europa. Habrá dos variantes típicas en el siglo XV: el retrato de perfil, de origen florentino, que busca sus raíces en la Antigüedad, puesto que se inspira en los retratos de cónsules que aparecían grabados en las monedas y medallas. Y la otra variante la vemos en ese grupo de innovadores que son los maestros de la pintura flamenca, que contribuyeron a darle vida a un retrato corpóreo que mira al contemplador y que incluso dialoga con él. La acción de esos maestros está vinculada a Robert Campin, Jan Van Eyck,  etc, que buscan el gesto y la expresión; lo que individualiza al ser humano.

 

En el Matrimonio Arnolfini, Giovanni Arnolfini, ese banquero florentino que vivía en los países del norte, donde aparecían modelos completamente nuevos, aparecía retratado junto a su mujer. Hasta ese momento sólo habían merecido retrato los Papas, emperadores y reyes. Ahora también merecerán retrato los banqueros, comerciantes, la burguesía emergente y los que contribuyen a la prosperidad de una república como las del norte europeo. La demanda, por tanto, se diversifica; son estos financieros italianos y nórdicos los que mandan retratarse. Los maestros flamencos incorporan una serie de novedades: una variedad de tipos físicos, la posibilidad de que cada uno de los retratos quede asociado a una edad y aspecto determinados. Incluso pueden asociar todo esto a valores simbólicos. El retrato alcanza un valor de expresión real del individuo con el ejemplo de Van Eyck de Léal Souvenir. Con esto, el retrato alcanza su propia condición, especialmente en la modalidad del retrato burgués, que se puede representar de manera más espontánea, puesto que no tiene esas exigencias tan claras del retrato dinástico, que imponía una gran rigidez y normas de etiqueta. El nuevo retrato burgués representa a un individuo más cercano. Esto se debió gracias a losmaestros flamencos que incorporaron una serie de valores al retrato: por ejemplo, la presencia de las manos, que se incorporan al rostro y al busto. En la mayor parte de las ocasiones llevan siempre un objeto; un rollo de pergamino, un medallón, cartas, etc. De tal manera destacan esto que siempre contendrán intenciones simbólicas.

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Políptico de Melun. Jean Fouquet.
Todo este apego a la realidad se ven en Jean Fouquet, en la representación naturalista de los donantes. El donante Étienne Chevalier contrasta enormemente con la irrealidad de la Virgen, casi una aparición. Aquí se ve como la pintura ha diversificado sus modos de expresión. Este Chevalier era uno de los altos dignatarios de Carlos VII de Francia, y competía en mecenazgo con los reyes, encargando libros de Horas. El políptico de Fouquet está separado en dos partes (actualmente una en Berlín y la otra en Amberes), que representan ese mundo terrenal del funcionario del rey, vestido con la dignidad que le corresponde a su estatus; representado en un escenario marmóreo, casi renacentista. El contraste lo marca la escena de una Virgen casi incorpórea, que en realidad tenía un modelo real: Agnes Sorel, amante de Carlos VII. Sin embargo, lo importante es como en este políptico se han separado los dos mundos, incluso a través de la técnica pictórica; se ha buscado la diferenciación entre la realidad ensoñadora de la Virgen y el mundo inferior del canciller.

 

Virgen del Canciller Rolin. Jan Van Eyck

 

Virgen del Canciller Rolin. Jan Van Eyck.

Pero la creación de un único ambiente que una esos dos mundos es obra de Van Eyck. Aquí nos interesarán las novedades que introduce en ese sentido. No existen diferenciaciones entre ambos mundos; los dos se sitúan en la misma estancia y tienen las mismas proporciones y jerarquía. El canciller ocupa un espacio similar a la Virgen; se les ha dado, por tanto, la misma importancia a ambas figuras. La forma sumisa de adoración que tenía Étienne Chevalier ha sido sustituida por una especie de insolencia en Rolin, que tiene una mirada escrutadora e impertinente y además no se encuentra en el interior de una iglesia, sino en un palacio; probablemente el suyo, que se abre al exterior para introducir el mundo que le rodea. De lo que nos habla esto es de la invasión del retrato en el territorio sagrado, que se ve aún mejor en la Virgen del Canónigo Van der Paele.

Virgen del Canónigo, Van der Paele.
Virgen del Canónigo, Van der Paele.


Este camino se había iniciado con Rolin, donde todavía el individuo no participaba en la escena. Sin embargo, no siempre se produce así. En el políptico de San Bavón de Gante el donante no aparece mezclado con la escena religiosa, sino en los extremos, acompañado de otros personajes: Los profetas y la Anunciación que se ven al estar cerrado el políptico y que hablan del tema central de la obra; la Salvación. Al interior, sin embargo, todo es pintura religiosa y la realidad no invade ese espacio.
Por otra parte, en Van der Paele, su expresión provoca un conflicto. Provoca la incomodidad de su patrón San Jorge. Aquí hay una relación de igual a igual entre hombres y dioses, que se produce también en la Santa Bárbara de Robert Campin, donde se trae a un ser celeste al mundo de los hombres; al interior de una casa burguesa flamenca. El mundo flamenco crea así un tipo de pintura en que se representa al hombre en su vida
diaria, en ocasiones conservando la figura del donante, conduciendo a sus parientes hacia ambientes sagrados. Esto lo vemos dos trípticos famosos: la Natividad de Blandelin de Roger Van der Weyden y el retablo Portinari de Hugo Van der Goes, donde los donantes dirigen a sus propios familiares al ambiente sacro.
En muchas ocasiones, la veracidad de los retratos es tan grande que se pueden considerar como cuadros autónomos. Si esto ocurría en el mundo flamenco, en el italiano sucederá un fenómeno similar.

El retrato en el Renacimiento italiano.

Suele aparecer el donante vinculado a la técnica del fresco, fijos en las paredes de las iglesias. Esto hará que la situación del donante tienda a variar las condiciones de contemplación en el último tercio del siglo XV, cuando el hombre invadirá los cuadros de altar. Aparecerán de nuevo acompañados por sus familiares y se representarán como un estamento social, a diferencia de los flamencos.


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Visitación y Anunciación. Capilla Tornabuoni. Ghirlandaio.

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Visitación y Anunciación. Capilla Tornabuoni. Ghirlandaio.

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Adoración de los Reyes Magos, Sandro Botticelli.

En estos dos ejemplos aparecen retratos de personajes profanos introducidos en escenas sagradas. En el caso de Botticelli, incluso introduce su propio autorretrato. Sin embargo, estos personajes no siempre participan de la escena. Son a veces asistentes ocasionales que se encuentran allí presentes. No tienen una conexión temática con la escena. Hay que establecer una distinción entre donante y el personaje presente en esas escenas. No obstante, en el retrato de estos momentos habrá dos grandes campos: El retrato del donante o el asistente de las escenas religiosas; y por otra parte, los retratos autónomos, que nos permiten plantear la total libertad del retrato, tal y como existía en el mundo clásico, como un género individual que había perdido su independencia a lo largo de la Edad Media. Por tanto, en estos momentos nos encontraremos con la plena autonomía del retrato, cuyos orígenes encontramos en las colecciones de Juan el Bueno de Francia, donde ya se veía algo semejante a esto.
Tendrá la autonomía del retrato dos principales características:  el retrato no había adquirido o conquistado un grado de independencia condicionado por la personalidad del modelo. Ya se comienza a plantear la posibilidad de una galería de retratos, no con Juan el Bueno, sino con el Duque de Berry. Su colección tenía un gabinete de retratos entre los que se encontraban varios monarcas franceses como Felipe el Bueno. A su vez, el Duque de Borgoña, que tenía como pintor a Van Eyck. Mientras que el Duque de Orleáns tenía su propio retratista personal y permitirá que se difunda esta modalidad libre de retrato.
Es necesario establecer una diferencia entre la línea flamenca y la italiana. Con Van Eyck, Campin y Van der Goes el retrato se centraba en la visión concreta y realista del individuo que aparece aislado de su propio entorno. Sin embargo, en el caso italiano hay que hablar de la independencia del fresco. Necesitaba el retrato un tema amplio para ser introducido. Esta técnica del fresco estaba muy avanzada en la zona italiana, pero en el gótico final adquiere una gran personalidad, representada por algunos pintores como Lorenzo de Mónaco, trabajador de los Medicis. Con él nos encontramos en la frontera entre el final del Gótico y el principio del Renacimiento.
La pintura flamenca había intentado tener una visión muy próxima a los objetos, con la representación de espacios limitados por los muros. La ruptura se produce con los artistas del norte de Europa, sobre todo Van Eyck, y esa independencia del donante la vemos en dos obras:

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Cardenal Albergati. Van Eyck. 1431.

El hombre del turbante rojo. Van Eyck. 1433.

 El hombre del turbante rojo. Van Eyck. 1433.


El primero era un cartujo, diplomático al servicio de la Santa Sede. El año en que se pinta este retrato se encontraba en Brujas en misión diplomática. Van Eyck tuvo que pintarlo basándose en una serie de dibujos, esquemas y notas sobre el color para esta obra. Por la premura con que tuvo que realizarlo el retrato resulta muy espontáneo y libre, con total independencia de cualquier tema. Aún tiene mayor soltura el boceto que el cuadro definitivo, en el que se introduce el tema del ennoblecimiento de la pintura, recordando a Plinio y Alberti. El segundo ejemplo está firmado y fechado en 1433, con una inscripción enigmática que ayuda a acentuar el enigma del personaje y su identidad. Se ha hablado muchas veces de la posibilidad de que se trate de un autorretrato, aunque esta teoría cada vez tiene menos vigor. Nos interesa considerar la intensidad del rostro iluminado y el valor del adorno. En este sentido, el tocado rojo que da nombre al cuadro cobra tanta personalidad como el modelo en sí. La aproximación de las tendencias flamenca e italiana se produce, primero de todo, por aquellos pintores florentinos que viajan y trabajan fuera de su ciudad, como Pisanello. También se
producirá esto por los pintores flamencos que hacen que el detalle sea menos intenso a la hora de percibir el modelo, que nos plantea una proximidad hacia el mundo italiano.

 

Dama de perfil. Pisanello.

Dama de perfil. Pisanello.

Retrato de mujer. Van der Weyden

Retrato de mujer. Van der Weyden. National Gallery de Washington.

La tendencia flamenca de Van der Weyden, pese a su todavía excesivo realismo, y esas figuras de tres cuartos, presagia ya esa proximidad al mundo italiano. Es importante la presencia de las manos, y una progresiva pérdida del detallismo. Se pierde en descripción pero se gana en intensidad a la hora de representar a la modelo, al igual que en sensualidad. El tocado que le cubre la cabeza le da un mayor volumen al rostro; hay determinados elementos que adquieren gran importancia, como el peinado.
Por otra parte, en Pisanello el modelo aparece de perfil, ese perfil florentino, pero dotado de unos colores vivos que recogen la esencia decorativa de la técnica del fresco.
Así, las tendencias del retrato en la segunda mitad del siglo XV se basan en una serie de rasgos que se unificarán: el uso del fondo neutro, el modelo de perfil o en tres cuartos; la importancia del peinado, y la captación realista del rostro. Las dos tendencias tendrán unas zonas de influencia en las que se cruzarán; sobre todo Ferrara y Mantua. En ellas habrá algunos representantes ilustres como Andrea Mantegna o Antonello da Messina.
Este último conoció el óleo por sus viajes a Flandes, y lo llevará a la región de la Toscana. Sus retratos conectan con esos rasgos internacionales que el retrato adquiere. Retrato de un hombre joven. Antonello da Messina. El modelo se encuentra girado y en tres cuartos, pero ya vemos un fondo de paisaje que se va incorporando a la paulatina autonomía del retrato. El artista no sólo comienza a concebir al modelo de una manera aislada, sino que trata de acercarlo a su entorno. En la medida en que el pintor aísla del fondo del cuadro al modelo se contribuía a fortalecer el culto a la personalidad; algo que el retrato italiano ya estaba desarrollando. Van Eyck superó esta idea y estableció lo contrario; es decir, una relación abierta entre el hombre y su entorno. El hombre aparecía ahora unido a su entorno habitual, y una obra como el Matrimonio Arnolfini ayudará a esta idea.

Matrimonio Arnolfini. Van Eyck. 1434.


El gesto de las manos representa esa relación entre ambos personajes y el sentido sacro del matrimonio. Van Eyck crea un doble retrato, representando un interior íntimo, en una alcoba donde los personajes son tan importantes como su entorno y no puede concebirse una cosa sin la otra. A la importancia del gesto ritualizado de las manos le sumamos la simbología de los objetos que los acompañan: el perro, los zuecos, la lámpara, etc.
Además, este cuadro supone muchas conquistas en torno al retrato y el paisaje: Primero, la apertura de una ventana al mundo exterior. Segundo, la dependencia del hombre y su entorno. Y finalmente, la ruptura de la plenitud del cuadro a través de espejos y algunos recursos de tipo pictórico que hacen que el carácter cerrado del cuadro se rompan. Con todo, es también un tema de la pintura flamenca muy típico; una escena doméstica en un ambiente burgués. La dependencia del entorno la encontraremos pronto difundida y consolidada a través de otros retratos flamencos e italianos, vinculados a pinturas que actúan de puente entre ambas tendencias.

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El hombre de la moneda. Hans Memling.

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Retrato masculino. Dieric Bouts.

Entre los seguidores de Van Eyck se produce el fenómeno de aproximación entre las dos tendencias separadas. A partir de ellos, las dos corrientes se influenciarán y compartirán experiencias. Estos ejemplos son muestra de ello.
En ambos aparecen las figuras representadas en tres cuartos. De igual manera, en los dos la presencia de las manos actúa como un lenguaje simbólico. El hombre ya no está aislado sobre un fondo neutro, sino que está metido en el mundo, dentro de un paisaje que se percibe a través de una ventana o un paisaje del que el retratado forma parte. Esto traerá consecuencias importantes, sobre todo en el retrato italiano; ya que la presencia del paisaje está adquiriendo un enorme protagonismo.
Así, el paisaje se sumará al retrato para posteriormente adquirir su propia autonomía como “pintura de paisaje”, significando el nacimiento de un nuevo género artístico. La asociación hombre-paisaje tenía sus antecedentes en Italia. Es el caso de La huida a Egipto de la basílica de Asís, de Giotto. Esto culminará con los frescos del Palacio Gonzaga de Andrea Mantegna, en Mantua.


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La huida a Egipto. Giotto.

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Palacio Gonzaga. Andrea Mantegna.


En el caso de Giotto, las figuras de tradición medieval italianas asociaban el paisaje al desarrollo de una escena. No tenía por qué ser real este paisaje, pero tenía sus precedentes en la pintura mural florentina y la sienesa. Cuando estas figuras se unen al paisaje pero reproducen una realidad o un acontecimiento real, como en el caso de Mantegna, se propone de una manera más clara el asociar el retrato con el entorno y fundirlo en una serie de parcelas narrativas que nos cuentan una historia. Las figuras se asocian a un cortejo festivo para recordar el hecho que dio lugar a la labor del pintor al servicio de la familia Gonzaga. A Mantegna se le encargó la decoración de dos paredes y una bóveda. Esta bóveda incluye elementos escénicos, como trampantojos, mientras que las paredes recuerdan el acontecimiento anterior.
Aparecen los personajes en grupos compartimentados que recuerdan la visita del cardenal Francesco Gonzaga a sus padres: Ludovico II Gonzaga y Bárbara de Brandeburgo. El hijo fue recibido con todo el protocolo oportuno, y el matrimonio de los Gonzaga aparece rodeado de sus cortesanos. Nos encontramos así ante una forma de acercar el retrato a un acontecimiento histórico. En casi todas las escenas, bajo las arcadas y celosías, aparecen la ciudad de Mantua. Se une definitivamente la figura al paisaje, lo que nos da a entender que se ha producido finalmente ese proceso de síntesis en la pintura italiana.

 

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Díptico de los Duques de Urbino. Piero della Francesca.


Con este ejemplo volvemos al busto o perfil florentino, inspirado en las monedas clásicas. La línea del horizonte baja para destacar la diferente posición de figuras y paisaje. Un tercio del cuadro lo ocupa el cielo, y los rostros se definen por los tonos azules del cielo. En el fondo se destaca la presencia de un paisaje que viene a representar los logros de la perspectiva. Los retratos en busto son escultóricos y muy corpóreos. Encontramos dos valores muy diferentes en esta pintura: El valor analítico, que concede al paisaje una importancia considerable dentro del cuadro, acomodándolo a las leyes de la perspectiva; y el valor sintético, en que encontramos que sobre ese paisaje se recortan las figuras pétreas de Federico de Montefeltro y Battista Sforza.
Por otra parte, el reverso de este díptico muestra algo diferente; unos triunfos alegóricos que recuerdan a los de los emperadores romanos, y sobre todo al Arco de Tito.


Venecia. El retrato libre.


Los logros de Giovanni Bellini introducirán el concepto de “retrato libre”; independiente de la vinculación religiosa. Bellini tiene el paisaje como uno de sus géneros preferidos.


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Madonna con el Niño. Giovanni Bellini.

Muestra una nueva pasión por lo carnal; no es extraño que esa concepción de la belleza de la Virgen se asemeje mucho a la humana, incluso en la carnosidad del rostro. Las figuras las dispone en primer plano; detrás, una tela separa los dos mundos. Vincula las figuras al paisaje, incluso dentro de la pintura religiosa. Destaca el valor del cielo, a base de grandes manchas de color.
Los modelos utilizados para los personajes sagrados son reales. Y lo mismo lo aplicamos al caso del paisaje y el cielo, que no están idealizados, sino que están cogidos de Venecia.


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Leonardo Loredan. Giovanni Bellini.

En el caso del retrato en busto, utiliza Bellini un modelo de retrato sobre fondo uniforme, que no es oscuro ni neutro, sino un azul veneciano muy tenue. La tipología es la misma que para el busto escultórico. Con esto, la escultura venía a recuperar en esta época la independencia que tuvo en la Antigüedad.
Grandes escultores italianos habían realizado obras similares a esto; como Pietro Lombardo o Francesco Laurana. Harán bustos sobrios, concentrados y muy severos, en donde esas líneas curvas que cierran las esculturas se repetirán en el caso de las pinturas. El Dux Loredan mira de frente; está lleno de un decorativismo florentino que le da vida y alegría, pero a la misma vez posee la severidad de la escultura en busto.


El retrato en el siglo XVI.


El retrato del XVI hereda las novedades introducidas por Ghirlandaio, Botticelli, Piero di Cosimo, etc; y continúa con las distintas vías y rasgos del siglo anterior. Esto es, el fondo neutro o, por el contrario, la naturaleza dentro del retrato; el retrato de perfil o en tres cuartos, a lo que se suma la tipología del busto. Y por último, el retrato ecuestre, que empieza a hacer su aparición con el Gattamelata de Donatello y los frescos de Andrea del Castagno y Paolo Uccello.
Por su parte, Alberti había escrito un tratado llamado De equo animante, para ayudar a la representación del caballo del monumento a Sforza. Nos encontramos con una característica muy trascendental en el retrato a principios del siglo XVI; la ausencia de especialistas. Los que se dedicaban al retrato eran pintores sin ninguna especialidad para el retrato.
En el XVI se produce un cambio en la evolución de la modalidad del retrato, que estará vinculado a Durero y a la reivindicación de los artistas italianos. Esto es el poder de la inteligencia. Los artistas reclamarán para sí una nueva condición social, al tomar conciencia de sí mismos. Exigirán así su derecho a ser representados.
El artista del Renacimiento rompe con lo anterior; es un admirador de los artistas de la Antigüedad, cuyos nombres se asocian a la memoria y la grandeza. La evocación de los nombres de sus referentes del pasado era el reflejo de una grandeza que ahora se pretende recuperar.
A partir de este momento el artista es consciente de su función y posición social, y reclamará el puesto que le corresponde. Esta reclamación no sólo se hará desde la literatura artística, sino también desde la legitimación de su propia imagen.
Todos los pintores renacentistas eran conscientes de cómo la literatura antigua había dejado constancia de los nombres de los artistas del clasicismo; las fuentes les hablaban de las obras y daban los nombres de sus autores, trazando un perfil de aquéllos y de la estima que habían recibido.
Mientras que el artista medieval pertenecía al mundo de la artesanía, con una serie de servidumbres que se materializaban en el lugar ocupado dentro de una sociedad jerarquizada; a partir del Renacimiento se reclama la relevancia de las obras y, a causa de ellas, la vida de su creador. Junto a este interés por la vida se añaden los descubrimientos científicos que tienen lugar en estos años. Estos logros enriquecen, además, la personalidad de los artistas. Brunelleschi y su teoría sobre la perspectiva o los tratados de Vitrubio y Alberti le dieron consistencia teórica a las artes.
Así, al tradicional aprendizaje artístico se le suman nuevos conocimientos. Estos logros serán una de las causas por las que cambie la percepción de la sociedad sobre ellos. La nueva imagen que de ellos se tenga hará que se pase de verlos como artesanos a artistas. En esta evolución de la imagen podemos seguir una serie de pasos para llegar hasta el autorretrato.
Hacia el siglo XVI el artista se libera de las coartadas argumentales que le servían de pretexto para introducirse dentro de los cuadros (como se veía en Ghirlandaio o Botticelli). De esta manera se dio un salto importante, y el artista se representó a sí mismo sin necesidad de pretexto alguno. Nace por ello el autorretrato como género independiente.

Alberto Durero, la imagen del artista.


El autorretrato de Durero tiene un aire sacro. El alemán se ha visto como las imágenes de Cristo; se ha rodeado de una atmósfera religiosa, aún más destacada por la elección del fondo neutro. Con esto, la personalidad y figura del artista queda aún más subrayada; casi como un sentimiento sagrado de la función del pintor. La literatura artística, y no solamente los textos teóricos como Alberti, sino aquel tipo de texto que relata las biografías, es el que pone pone primeramente interés en el individuo. Vasari está haciendo un relato literario, encomiástico, que se interesa por las grandezas, el origen y otras muchas características de la figura del artista. Por ello, la grandeza e inmortalidad del individuo está relacionada con sus obras.
Como vemos, Durero es un artista abierto a toda clase de inquietudes. Recordamos que es un pintor que no sólo pinta sobre soportes convencionales, sino que llega incluso a cultivar el grabado. Este es uno de los campos de expresión artísticos más importantes de su trayectoria, y además una técnica que siempre interesará a los artistas del norte, como es el caso de Rembrandt. Gran parte de su actividad la dedica Durero al retrato, donde busca el mundo interior y las tensiones y pasiones del alma. En muchas ocasiones se ha admitido que su trayectoria es paralela a la de Leonardo, e incluso a los inicios de Tiziano.
Antes de Durero el retrato era poco cultivado en Alemania, aunque tras él se convertirá en uno de los géneros por excelencia de la zona. Las razones de este triunfo del retrato serán: La asociación del auge del retrato a la reforma luterana. Se inaugura este camino nuevo relacionándose con el conflicto religioso del siglo XVI. El arte religioso quedará en segundo plano para que la pintura se expresase en otros campos, donde lo que más adelante abunde sea el paisaje,escenas de interior y retratos. Así, el mundo luterano mostró poco interés por la pintura religiosa, mientras que se concentrará en la pintura de costumbres.
Los primeros años del XVI, cuando Durero va a Italia (entre 1505 y 1507), serán los momentos en que Leonardo acabe la Gioconda y la Virgen de las Rocas. Esa circunstancia de ir a la Lombardía de Leonardo ha dado pie para plantear una afinidad entre ambos pintores. Si esa afinidad fue producto de un contacto no lo sabemos; sí al menos se puede explicar como parte de un mismo rasgo común: el haber colocado al hombre como parte integrante de un organismo natural. A esa afinidad habrá que añadir el interés por estudiar todo lo que aparecía ante sus ojos: lo bello y lo feo, lo divino y lo humano.
Pero al mismo tiempo es posible que también tenga mucho que ver con ese debate del siglo XVI en torno a la caducidad de la belleza. Fue quizás Giorgone el que sugirió estas discusiones; y a partir de estos planteamientos Durero seguirá el estudio del hombre a través de dos caminos. Por una parte, el logro de la belleza ideal, que se alcanza por medio de la simetría y el estudio de las proporciones, con lo que estamos construyendo un ideal de belleza artificial. Y el segundo camino de expresión es la forma de captar los sentimientos. En el autorretrato de El Prado se nos presenta vestido como un cortesano; la imagen que quería promover Castiglione. Durero, gracias a su condición de artista alcanza un estatus elevado. Pero no sólo le interesa que se contemple su fachada, sino lo que se esconde detrás del individuo; sus sentimientos y su mundo interior. Esto adelantó un siglo las teorías de Descartes sobre las pasiones del alma. Con esto, los grandes intereses que dominan la vida de Durero los vemos en este retrato.


Lucas Cranach y los pintores de la Reforma.

Hacia 1530 Europa se está desangrando. Precisamente la pintura de esos años refleja las tensiones vividas, el dramatismo, e incluso un punto de indecisión ante una realidad que se presentaba de manera desconcertante. Esto chocaba con los anteriores dogmas religiosos. A pesar de esto son los años más prósperos para el retrato. Entre los pintores que cultivaron ese género destacaron dos: Lucas Cranach. Uno de los pintores decisivos del XVI. Se han distinguido en él dos etapas como pintor. En la primera, la etapa vienesa, entre 1502 y 1504, las figuras aparecen fundidas con el paisaje, teniendo todo el mismo protagonismo. La segunda es la etapa de Wittenberg, cuando aparecen sus figuras más características; unas figuras y rostros que parecen estar dotados de un sentimiento de nostalgia, quizá asomando la inestabilidad religiosa del momento; y presentan siempre rasgos comunes: ojos rasgados, frente ancha, miembros alargados, boca fina, rostro triangular, sonrisa indefinida, mirada felina, etc; unos rasgos que se repiten de forma genérica. Parece ser, sin embargo, que sus modelos eran reales, y que el pintor los estudiaba y reparaba. En definitiva crea un nuevo tipo humano. El otro gran cultivador del retrato fue Hans Holbein el Joven.


Holbein y la corte de Inglaterra.

Hasta Inglaterra había llegado Pietro Torrigiano, para trabajar en la corte de Enrique VIII, y más tarde lo hará Hans Holbein. El cisma anglicano de Enrique VIII había servido para que la isla quedara más aislada, al menos hasta el siglo XVII, cuando se deje de pensar que la influencia europea era degenerada y se asuma el palladianismo en la arquitectura. Holbein, como Durero, había ido a Lombardía e incluso se impregnó de la huella de Leonardo y se dejó fascinar por el mundo interior del individuo.

Tomás Moro.


Lo que resulta interesante es que un hombre del mundo germánico sea puesto en contacto con un humanista como Moro por medio de Erasmo de Rotterdam. Este último también lo acercó a la corte inglesa. La mayor preocupación de Holbein fue siempre plasmar la realidad social de sus personajes. Entre sus rasgos de estilo nos encontramos con la monumentalidad clásica, la obsesión por el detalle, la influencia del realismo nórdico, una búsqueda descriptiva y la precisión por lo menudo. La presencia del alemán en Inglaterra hay que asociarla con una serie de nombres significativos posteriores dentro de la corte de ese país. El reinado de Enrique VIII había traído un aislamiento respecto al continente en materia artística. La Reforma anglicana había contribuido a ello; con la confiscación de bienes y los asesinatos a clérigos católicos que se produjeron. Así, hasta que aparezca una figura como la del arquitecto Íñigo Jones se producirá una gran escasez de artistas propios ingleses. Por tanto, en esta época se importará de Europa a los grandes retratistas. Con esto, Holbein tendrá una primera estancia en la corte de Enrique VIII, entre 1526 y 1528, favorecido por Tomás Moro. Después marchará a Italia, donde entrará en contacto con algunos retratistas del primer tercio del XVI como Lorenzo Lotto, que le harán acercarse al retrato psicológico. Con el triunfo de la Reforma y la caída de los encargos religiosos, Holbein volvió a Inglaterra. Esta definitiva segunda estancia se inicia en 1531, en el momento en que es nombrado pintor oficial de la corte.

Retrato de Enrique VIII.

Es en estos momentos cuando realiza una serie de retratos del monarca. Habrá una cierta complicidad entre el rey y el pintor. Estos retratos tratan de mostrar la posición social de los modelos a los que representa como extraordinarias masas plásticas, con una precisión muy realista, pero también indagando en el interior del modelo. En todos sus retratos está controlada la unión entre el parecido físico y su propia evolución intelectual. Los detalles refinados, como el tocado y el collar, crean una imagen que se implanta fuertemente en la memoria y se mantiene siempre viva. En todo caso, Holbein siempre huirá de los efectos pictóricos.
Dos embajadores. 1533.

También llamado Jean de Dinteville y Georges de Selve, retrata a dos embajadores franceses. El primero de ellos, Dinteville, residente durante muchos años en Londres, encargó la obra en 1533, año en que Selve visita a su amigo en Domingo de Pascua. Se elige, pues, este momento para la escena; la visita. Dinteville se presenta a la izquierda, con ropas elegantes y lleva en el pecho la Orden de San Miguel. Su amigo lleva un atuendo más modesto, de clérigo católico. En realidad, era el obispo de Lavaur, desde 1526, y embajador ocasional ante la república de Venecia y el Vaticano. Se encuentran ambos reproducidos a tamaño natural, apoyados sobre una mesa de dos niveles donde hay multitud de objetos. El pavimento que aparece se asemeja al de la Capilla Sixtina y la abadía de Westminster. Al fondo tenemos un gran cortinaje. Parece que no es más que una pareja de retratados con una cantidad de objetos de un realismo extraordinario; sin embargo, todos esos objetos de la mesa se relacionan con las inquietudes de los personajes o representan objetos clave del mundo en el que viven.
Se divide la estantería del cuadro en dos niveles. En el superior de ellos los objetos representados están relacionados con el estudio de los fenómenos celestes: la brújula, el globo celeste, el calendario, el compás, el cuadrante solar, etc. En el inferior se encuentran los objetos dedicados a lo terrenal. Aparece un libro identificado como Las memorias de un mercader, de Peter Apian. El otro libro abierto es una recopilación de cánticos espirituales luteranos de Johannes Walter. El cuadro tiene una gran intención alegórica; aparece un globo terráqueo que no es más que uno de los símbolos del interés por los descubrimientos geográficos del siglo XVI. El instrumento de cuerda se relaciona con la música como la ciencia que representa la armonía del universo. Así, vemos la armonía en el clérigo, que ha aceptado a Lutero y los descubrimientos científicos. Es esta una nueva manera de entender la religión que se basa en una ética que permite llevar una vida ordenada y una forma de ver la realidad de manera empírica, reflexionando sobre la caducidad de la vida, representada por la anamorfosis que reproduce un cráneo.


La madurez del retrato: Leonardo y Rafael.

La madurez del retrato se alcanza en el siglo XVI, si bien es cierto que Van Eyck y los flamencos habían hecho mucho por esto. Así, estamos asistiendo al momento en que el retrato adquiere su propia consistencia e independencia.

Magdalena Doni. Rafael. Giovanni Castiglione. Rafael. La Gioconda. Leonardo.

Estos tres retratos se relacionan entre sí por seguir una tipología parecida: de tres cuartos, ligeramente ladeados los modelos, con las manos cruzadas al frente y el paisaje detrás (No así en Castiglione, autor de El cortesano, obra que ejemplifica lo que debe ser el caballero renacentistas. Estas tres pinturas plasman, por tanto, los ideales humanistas. Castiglione responde al modelo ideal de poeta y humanista. Embajador del Duque de Urbino, debe representar su condición, pero a la misma vez debe mostrarlo como humanista. Rafael y Castiglione habían trabado amistad en su juventud en Urbino. Pese a que El cortesano se publicó en 1528 - unos cuantos años después de la muerte del pintor - el retrato responde a los ideales del libro, retratando a ese hombre de corte. Esto nos habla de que Rafael y Castiglione participaban de un mismo ideal. En El cortesano están todos los debates del comportamiento del caballero, como la indumentaria. A modo de curiosidad, Castiglione valora al personaje de Isabel la Católica y la moda española; habla de los franceses como ignorantes amantes de las armas, pero ensalza a la figura del, en aquellos momentos, príncipe Francisco. Sin embargo lo que más interesa en relación con estos retratos es que comenta cómo debe vestirse un caballero, evitando los atuendos extravagantes, propios de locos y truhanes. El hombre debe ser un cortesano elegante y discreto, y toda la imagen exterior debe redundar en la exaltación del individuo como un gentilhombre. Se ha llegado a suponer que Castiglione llega a Roma en 1514-15, a la corte de León X. Allí es donde entra en contacto más directamente con Rafael. Ésa probablemente sea la época en que se decante Rafael por hacer este retrato, que incluso reflejará discreción en la armonía cromática. Por otra parte, la sonrisa de la Gioconda respondía a uno de esos ideales y códigos de comportamiento y corrección de los que habla Castiglione; ese ideal de discreción, de armonía y de
control de las propias emociones. Esto se ve incluso en la Magdalena Doni, pese a sus fuertes tonalidades. El modelo responde a la tipología de retrato del natural, con las manos visibles. En el caso del Castiglione se ha interpretado como un homenaje a la Gioconda, que Rafael debió conocer antes de que Leonardo marchase a Francia. En cualquier caso hay una serie de sentimientos comunes en los tres retratos: el sentido de espontaneidad, la inmediatez con que se ha representado a los personajes y la vivacidad de las expresiones.
Lisa Gherardini, mujer del florentino Francesco de Giocondo, fue pintada por Leonardo entre 1503 y 1506. Gran parte de la fama de este retrato se debe al desconocimiento en torno a la identidad, los motivos del encargo y el tiempo en que trabajó en él; puesto que lo llevó a Francia, desconociéndose las circunstancias en que entró a formar parte de las colecciones reales francesas. En algunos momentos se ha pensado en los motivos para encargar a Leonardo un cuadro de esta naturaleza. Se han pensado que en 1503 fue encargado para una vivienda recién comprada por el matrimonio Giocondo. En segundo lugar, para conmemorar un acontecimiento acaecido en 1502; el nacimiento de un segundo hijo, Andrea, que vino a cubrir el vacío tras la muerte del primero. Junto a esto, sirve también para buscar el ideal renacentista femenino. Para Leonardo será el ideal de mujer virtuosa en el humanismo. A lo largo del XVI se produjo una literatura que reflexionó sobre todas estas cosas, en las que profundizaría El cortesano. La Gioconda está cubierta por un velo casi invisible, representando a esa mujer virtuosa. Este retrato de tres cuartos tiene un antecedente en la pintura flamenca, y sobre todo en Hans Memling.
Las cualidades del retrato en Leonardo serán la coherencia espacial, la figura como parte del paisaje, el equilibrio interior y la monumentalidad de la figura. Todo esto nos lleva a una majestad personal controlada.
En cuanto al simbolismo el retrato, el color del paisaje de Leonardo varía de tonalidad. Al principio tiene colores más intensos, como recuerdo del mundo que habita el hombre; esto conduce a un camino serpeante, lleno de dificultades que llevan hasta una naturaleza virgen. Refleja así el verdadero interés de Leonardo por la naturaleza, lo que ha dado pie a que se le considere uno de los científicos modernos más influyentes. El último de los personajes es Magdalena Doni. De su retrato sabemos que es un cuadro conmemorativo de los esponsales de Magdalena Strozzi con Agnolo Doni. Por esto se realizó un retrato de ambos, que en origen compondrían un díptico. La recién casada aparece con sus mejores galas, ricas joyas y un colgante de perlas. La figura se recorta sobre un paisaje con un árbol propio de Umbría y con una villa rodeada de montañas, que le sirven a Rafael para estudiar la perspectiva. Lo que ha hecho es centrarse en el rostro y en la expresión de la retratada, interesándose por los ojos, que miran de forma lateral, encontrando su contrapeso en la forma de las manos, donde se ha tratado de conjugar calidad y expresión. Se trata de un modelo opulento, que consigue un efecto plástico de gran importancia. Como vemos, la Magdalena Doni es otro pariente pictórico de la Gioconda y responde a su mismo modelo y tipología.


Florencia en el siglo XVI. Parmigianino, Pontormo y Bronzino.


Autorretrato. Parmigianino.

Parmigianino en su autoretrato refleja su fragilidad física y psíquica y su personalidad atormentada.Transluce tristeza, su vida trágica y su salud enfermiza. Y para ello utiliza artificios de la pintura que elaboran una imagen calculada, reflejando una visión distorsionada de sí mismo, causada por la imagen del pintor sobre un espejo convexo que curva el espacio, deformando su anatomía y la naturaleza.
Hay aquí un intento por mostrar la realidad de una forma distinta, que no tiene por qué ser la que nos sugiere la razón. El personaje no se construye, como en Rafael, para ser admirado, sino que muestra esa visión deforme que contraviene las leyes de la razón. Las formas se estilizan y alargan, y el retrato es el reflejo de la naturaleza atormentada del artista y una especie de manifiesto en contra de la belleza canónica, además del reflejo de una sociedad que ve cómo sus ideales caen, como es la Florencia del XVI. La seguridad que daba la protección de los Medicis se altera en este siglo. En 1530 la república florentina había pasado a manos de España, y Carlos V había nombrado a los gobernantes de entre los miembros de las ramas menores de los Medicis. Tres años antes se había producido el Saco de Roma y con ello se derrumbaba el sueño de Julio II de la unidad italiana. Por tanto se produjeron conflictos de enorme trascendencia que, unidos al debate de la Reforma, salpicaron e inquietaron a los artistas. La dama del perrito. Pontormo. Eleanora de Toledo. Bronzino. Pontormo y su modelo reflejan también esa tensión interior. Estos pintores tienden a crear unos modelos que no sólo sean monumentales, sino que también resulten decorativos. El valor del adorno se convierte en un componente esencial del retrato, unido al sentimiento de elegancia, no sólo del modelo, sino también de lo que le acompaña.

Tiziano.

El siglo XVI no quedaría completo sin estudiar una de sus figuras claves: Tiziano. En general, los pintores venecianos se dedicaron con gran talento al retrato. Los antecedentes más importantes habían sido Carpaccio y Giovanni Bellini.

Paulo III con el Cardenal Alejandro Farnesio y el Duque Octavio Farnesio.

Un retrato específico del Papa aislado y solo era algo excepcional. Tenemos que remitirnos al León X de Rafael. Tiziano recoge esa tradición rafaelesca e introduce una serie de novedades: León X había sido pintado con un libro, siguiendo esa tradición del retrato de los humanistas, ya que era un hombre de una gran cultura. En el caso de Tiziano, introduce un símbolo distinto, el reloj de arena para medir el paso del tiempo: el Papa tenía 78 años en el momento del retrato y es un anciano al que se le está recordando el fin de su existencia. Por otra parte, Rafael había presentado al Papa quieto y sentado; Tiziano sin embargo los presenta en acción, hablando, y confiriéndole al cuadro una estructura narrativa. Puede ser entendido esto no como una escena doméstica, sino una escena dotada de un sentido ceremonial y de reverencia. No obstante, ha habido otros puntos de vista sobre los significados de la obra. Se dio una interpretación maliciosa de la escena. Esta se fundamenta en el rostro del Papa, que carece de la nobleza de los grandes Papas y parece un anciano astuto que mira con confidencialidad a su nieto Octavio Farnesio. El gesto de Octavio ha sido visto como servil e hipócrita, interpretado como medrador e intrigante, que se relaciona con la corrupción vaticana de estos momentos. Al Papa Paulo III se le describía como un hombre de baja moralidad, que había tenido dos hijos bastardos a los que había concedido ciertos privilegios, considerando la dignidad que reportaba el pontificado con un sentido dinástico.
En La cultura del Renacimiento en Italia, de Burckhardt, se nos demuestra que este punto de vista negativo sobre el papado es fruto de la visión e historiografía luteranas. Por otra parte, se ha querido ver en los gestos y actitud de los personajes una serie de símbolismos. Octavio Farnesio se inclina en un sentido de respeto y reverencia, típicos de cualquier corte, ya que formaba parte de aquellos ritos que marcaban la jerarquía entre el Papa y la subordinación de los estamentos nobiliarios. El Papa era, a su vez, el centro de una soberanía basada en el control del poder político, que está sometiendo a los estamentos eclesiásticos y nobiliarios.
La representación del poder tuvo en el caso de Tiziano otros campos de expresión, que le llevaron a ser el retratista de Carlos V.
Isabel de Portugal.
Hay una enorme libertad en el detalle y en la riqueza del vestido. El detallismo nórdico ha sido superado por el colorismo y la espontaneidad venecianos. Esto nos sirve para valorar esa pintura tan abocetada que llevará a Tiziano al final de sus días a dar auténticos brochazos en sus clases de la Academia.
Acompaña a la belleza de la emperatriz esa naturaleza veneciana que se funde con la modelo. Tan importante fue este retrato para el Emperador que fue una de las pocas posesiones que llevó al monasterio de Yuste.

Carlos V con un mastín.

Tiziano mantiene con Carlos V una larga relación, como narró Palomino. Los retratos y pinturas de Tiziano formaron parte de las colecciones reales. Propuso el pintor veneciano modelos nuevos que son los que se han mantenido a lo largo de la historia. De tal forma, en 1533 se convierte en pintor de la corona española, con lo que recibió grandísimos honores y fue nombrado caballero. Así, fue Tiziano el que dio la pauta para los retratos de cuerpo entero. Con esta modalidad se trataba de ensalzar la dignidad y jerarquía del personaje, incluso ocultando defectos físicos, como la fealdad del Emperador. Al escoger esta modalidad de cuerpo entero se presenta al modelo en plenitud de forma física, y se engrandece al retratado al tener en cuenta la altura a la que se va a situar y el sentimiento de distancia que transmite.
Gran parte del XVI lo pasa Tiziano pintando para Carlos V; de tal forma que tendrá que alternar esta tarea con otros encargos en Venecia y Urbino.


Carlos V en Mühlberg.


Será en 1545 cuando pinte el Carlos V en Mühlberg, una de sus obras más conocidas. Aquí recoge todos los elementos de la iconografía imperial. La antigua imagen imperial se había recuperado en 1525, cuando fue coronado en Bolonia. Los emperadores romanos tenían unos símbolos característicos, a partir de Adriano y los Antoninos: barba, pelo corto, etc. Ésta será la estética que recuperará Carlos V. Antes de esto, un joven Carlos V que todavía no había llegado a España tenía la imagen modélica de un joven flamenco: afeitado y con el pelo largo y lacio. La transformación de su imagen obedece al hecho de haber accedido a emperador del Sacro Imperio Germánico. Con esto, lo que se pretendía era legitimar su proximidad a los antiguos.
Además, se recupera el retrato ecuestre. Hay algunas cosas que no hay que olvidar: el modelo ecuestre de Marco Aurelio es el que invocan todos los condottieri porque el gesto de pacificación de la mano está unido a la autoridad del emperador.
Este tipo de retratos no sólo se remontaba a los antiguos, sino a otros cortejos muy conocidos; el cortejo de los Reyes Magos, mostrando todo el boato de la fiesta y los cortejos laicos. Carlos V aparece con una coraza de bronce y ribetes de oro, demostrando su poder militar tras la victoria. Esa fastuosidad se ve también en el caballo. No sólo tiene este retrato una misión encomiástica, sino que añade algunas cosas más que aportan detalles sobre la personalidad del emperador y la guerra en sí misma. Se han fundido un fondo de paisaje y la figura del emperador; por el contexto de la Dieta de Augsburgo representa a Carlos V en una naturaleza dramática, aludiendo al drama de la guerra. El trasfondo militar es lo que condiciona el cuadro. Hasta cierto sentido tendrá intención narrativa, al tiempo que pone de manifiesto las funciones del príncipe. En ese sentido aparece vestido con los símbolos propios, y la luz del crepúsculo adquiere una función dramática más grande: refleja el momento en que el emperador ha vencido a los luteranos. Por tanto, nos habla del horror de la guerra y de cómo las cosas vuelven a su cauce; el restablecimiento de la paz tras la guerra. Incluso el rostro de Carlos V está fatigado, reflejando el cansancio de la guerra. Tiziano humaniza el acontecimiento, sentando un precedente para Juan Bautista Maíno, que también supo representar las sombras y horrores de la guerra.


Herederos de Tiziano: Rubens, Velazquez, David.


Cardenal Infante, Rubens. Felipe IV, Velázquez. Napoleón cruzando el San Bernardo, David.

Estas analogías nos hablan de la influencia posterior del retrato ecuestre de Tiziano, que llega incluso hasta el siglo XX.
Las alegorías del poder.
Por medio de todos los símbolos conocidos adornaban la imagen ideal del príncipe. Como habíamos visto en Carlos V, en unos casos se ensalzaba su lado humano; mientras que en otros casos la imagen ideal del príncipe se construye a través de mitos, alegorías y leyendas.
Nicola de Módena. Francisco I. Agnolo Bronzino, Andrea Doria.
El marino Doria aparece representado como el mismo dios Neptuno. Así, se abandona la imagen para aparecer como el dios. Se ha buscado alegorizar la imagen para representar el poder del individuo sobre el mar.
El Greco.
El retrato del XVI nos lleva también incluso a realidades verdaderamente innovadoras. La estela veneciana continúa con El Greco, un caso muy extraño que sufrió una transformación muy importante; desde pintor de iconos cretense a pintor absolutamente moderno. Esto se opera a la sombra de Tiziano, como demuestra su itinerario por Italia, que le lleva a la Parma de su admirado Correggio, a criticar la pintura florentina, y a conocer círculos místicos en Roma, como el de Giulio Clovio. Hubo momentos en que la historiografía ni siquiera consideró a El Greco como pintor español. No obstante, ha sido uno de los peores tratados por la historia de la pintura. El descubrimiento suyo, al margen de su exaltación romántica, es reciente y se cristaliza con la monografía de Bartolomé Cossío. Rosenberg habla de él como de un pintor totalmente moderno, espontáneo, frente a la falsedad de los pintores contemporáneos. A partir de 1898 se produjo una interiorización de los valores nacionales de El Greco. Es el año en que se publicó la monografía de Cossío. Un año más tarde se publicó la monografía de Velázquez de Beruete. Con todo, la primera época que nos interesa en El Greco es su etapa romana. Giulio Clovio será su protector, y el humanista le introducirá en los círculos papales, presentándolo como discípulo de Tiziano y pintor de entre los grandes, según recoge Vasari. Su carta de presentación era un autorretrato hoy perdido. Sin embargo, el triunfo de su condición de retratista se debe a otros retratos.

Giulio Clovio. Retrato de arquitecto. Vincenzo Anastagi.

Conservan la influencia de Tiziano, pero también mantienen algo que se desarrollará después: el equilibrio entre el sentimiento interior del personaje y lo que muestra al exterior. En Giulio Clovio vemos una transformación: del clásico formato vertical se pasa al horizontal. Pese al respeto por la tradición anterior, incluirá algunas novedades, como las manos, que fijan la atención del espectador en ese libro iluminado. El Greco ha utilizado una doble vía aquí: en primer lugar, sus orígenes venecianos, pero al mismo tiempo se presenta como un pintor
muy original. Esos cambios se ven también en el retrato de arquitecto. La figura es piramidal, en tres cuartos y con una actitud preestablecida. Aquí las manos muestran unos saberes como arquitecto, a través de lecturas y libros, dirigiéndose a quien lo contempla. Por otra parte, la vuelta al fondo neutro nos habla de El Greco como precedente de Velázquez. El último de esta triada de primeros retratos de El Greco es Vincenzo Anastagi, inspirado directamente en el Felipe II de El Prado. Aquí intenta destacar el sentido de firmeza del personaje, y  sobre todo se valora el tratamiento insólito del espacio, muy distinto a lo anterior. El período en España será ya muy distinto. Será esto una cuestión evolutiva; pasará de los retratos italianos de una masa pictórica muy densa, a la masa ligera y leve del período español. Esto nos indica que lo que cambia en el retrato al llegar a España es la técnica, no la forma de afrontar el personaje ni su interior. El Greco prestó más atención al interior del individuo que a lo físico, de tal modo que no es raro que haya sido considerado precursor de Velázquez. Se ha entendido el cambioque sufre su pintura en España como una adaptación al nuevo medio cultural.

Pompeo Leoni. La dama del armiño.
Leoni es uno de los primeros retratos de escultores que se hacen en España. El escultor trabaja en un busto del emperador de España, como precedente del Martínez Montañés de Velázquez. Se atribuye a este cuadro un mensaje discutible: la viveza del retrato pictórico del escultor frente a la escultura en sí, inerte. Esto situaría a El Greco en el ojo del huracán de los debates artísticos del XVI en torno a la supremacía de la escultura o la pintura. En realidad esto no es así; solamente se ha representado al escultor en su oficio, y además, El Greco tenía buena relación con la escultura, valiéndose de ella para colocar sus figuras en el espacio. E incluso tenía una alacena llena de esculturas como instrumento para pintar. Los referentes para este tipo de retrato había que buscarlos en Italia, aunque en este país no se mostraba el proceso de la escultura, sino que se situaba al artista ante esculturas antiguas, como modelo de humanista. Tenemos así el ejemplo de Alessandro Vittoria. El Pompeo Leoni nos remite a la idea de la grandeza del artista relacionada con la grandeza del mecenas, como en la unión Fidias-Pericles, según Palomino. Por eso es casi obligatoria la presencia de Felipe II en el retrato del escultor, que aparece elegante, de negro, a la manera de la corte de Felipe II.
El pintor para retratar a un escultor esculpiendo se vale de los recursos pictóricos, resaltando la frialdad y blancura marmórea y su volumen. En realidad, está retratando ese contraste cromático que se daba en la realidad. Por tanto, eleva a la misma altura las artes humanas como complementarias.
En cuanto a la Dama del armiño, siempre ha suscitado muchos problemas de identificación y de atribución. Se ha sugerido que se trata del retrato de la infanta Catalina Micaela. En un momento determinado se cuestionó incluso la autoría de El Greco y se atribuyó a Sofonisba  Anguissola.
Otro importante investigador, Álvarez Lopera, atribuye este retrato al cretense, hablando del cambio que se produce en él tras su llegada a España. En concreto, habla de una nueva técnica depurada para representar las pieles y los velos transparente, exactamente lo mismo que determinados gestos expresivos, como en las manos. Por otra parte, capta lo que en otros muchos cuadros aparecerá; esta Dama del armiño aparece reservada y distinguida, lo que habla de su elegancia y aristocracia. A pesar de esto hay un acercamiento psicológico.
Está muy próximo este retrato a los que hará entre 1577-80 en Toledo. Nos encontramos en estos años con ejemplos como el Caballero de la mano en el pecho y la Mujer con flor en la cabeza.

 

Caballero de la mano en el pecho.

Aquí ya se ha producido la adaptación al estilo español, y la sobriedad del retrato como rasgo esencial, con figuras de tres cuartos que emergen sobre un fondo neutro. Todos los efectos de la luz se concentran en rostro y manos para darnos un gesto distinguido y elegante, casi altanero. Es un retrato frontal; se simplifica, por tanto, la figura. Junto a todo esto hay ciertos detalles de gran preciosismo; la daga toledana, el medallón oculto entre los pliegues del jubón, etc. Si buscáramos otro equivalente en detallismo dentro de la pintura española, deberíamos referirnos a Antonio Moro. Ese valor del detallismo y el adorno se veía también en Sánchez Coello.
Los anteriores retratos toledanos comparados con su etapa italiana son muy expresivos sobre el cambio de El Greco. Se ha hablado de cierta rigidez; como si el pintor no hubiera comprendido la manera de ser de sus personajes. Sin embargo, esta visión ha cambiado. La rigidez de los personajes no es una traba de El Greco, sino que es una de los valores de la época. La corte promovía esos valores de reserva y distancia emocional, como si el retratado no quisiera mostrar su psicología ni su posición o lugar en la jerarquizada sociedad española. A pesar de todo el modelo no es frío; por ejemplo, el tono acuoso de los ojos les da una gran expresividad.
La clientela privada tenía estas exigencias. Sin embargo, ni Felipe II ni la corte apoyaron a El Greco. A pesar de esto, retrató al rey en El entierro del Conde de Orgaz y La adoración del nombre de Jesús. Esta limitación se extiende a la gran aristocracia, salvo el Cardenal Quiroga y Niño de Guevara. La clientela de El Greco serán sobre todo sus familiares y amigos, los eruditos y humanistas y aquellos eclesiásticos con los que mantuvo cierta relación: Niño de Guevara, Hortensio Félix Paravicino y la nobleza local.
Todo ese grupo de clientes está representado bajo una forma de retrato determinado. Siempre aparecen en busto de tres cuartos, que van emergiendo sobre un fondo neutro; por su finalidad privada funden lo característico y lo individual, y están realizados con una libertad imposible en el retrato cortesano. El Greco es sobre todo un innovador por ser el introductor en España del modelo de retrato civil.
Entre 1580 y 1600 desarrolla esa modalidad de retrato en ejemplos masculinos. Los representa de esa manera común, con la mirada siempre hacia el espectador, conservando la actitud reservada que revela su condición social. Poco a poco corrige esa sobriedad extraordinaria en la vestimenta y desaparecen los símbolos. Desde el punto de vista técnico la pintura se hace más ligera y suelta, casi impresionista. Eso fue lo que fascinó en el siglo XX, cómo la luz resbala por los rostros. Crea, además, un modelo de retrato que es el precedente directo de Velázquez. Palomino recuerda que Velázquez tenía entre sus posesiones tres obras de El Greco.
La restauración de algunas de estas obras ha desvelado otros detalles técnicos; por ejemplo, la preparación roja del lienzo, que hace que la pintura sea más translúcida. El Greco será también uno de los maestros de la caracterización individual. Bartolomé Cossío decía que no podía entenderse su pintura sin su contacto con los ambientes místicos españoles, y la influencia literaria de Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, etc. Todos ellos promovían el desprendimiento de la materia, y esta idea el cretense en su pintura.
Cardenal Fernando Niño de Guevara.

Sin embargo no se ve esto en el retrato del Cardenal Niño de Guevara. Hay aquí una explosión de color; todo el oropel y la atmósfera sagrada se ha vuelto a recuperar. El Greco no puede olvidar su pasado italiano y esto se ve en Niño de Guevara. Los precedentes de este retrato los encontramos en los retratos de Julio II de Rafael y Paulo III de Tiziano. Y como consecuencia más directa tendrá el retrato de Inocencio X de Velázquez.
La fórmula de representación de Guevara es muy parecida a las anteriores, con un sentido veneciano del color. Por eso a El Greco no le gustaba la pintura florentina y sí Correggio. Toma como punto de partida el Paulo III para fundir la caracterización del personaje con su función oficial. Los gestos muestran una lucha interior; el personaje está relajado y tenso.
Hay también un reconocimiento de la dignidad del personaje con la importancia que tiene el atuendo. Se ha hablado de una explosión de color en este retrato. El pavimento se levanta ligeramente dando un sentido dramático y de inestabilidad. Todo se resuelve como en un retrato escenográfico o de aparato.


Jorge Manuel Theotocópuli. Hortensio Félix Paravicino.

En sus últimos años es donde queda perfectamente definida la madurez de El Greco. El retrato de su hijo, Jorge Manuel, tiene el valor de lo íntimo y lo personal. Lo retrata además como un hombre de éxito, con una serie de elementos que lo representan; como pintor y como un individuo elegantemente vestido. Tiene, por tanto, un sentido encomiástico de la pintura; o lo que es lo mismo: el éxito en la pintura conlleva reconocimiento social.
Sabemos que Theotocópuli fue un pintor discreto. Destacará más como arquitecto, con obras como la Torre del Salvador de Caravaca. Así pues, el retrato funciona como alegato de la pintura. En el caso de El Greco había llegado a una simplificación del color, símbolo de su acercamiento al mundo de la mística, a través de la predominancia de dos colores: el blanco y el negro. La cabeza, plástica, se levanta sobre un soporte menos material, como es el cuerpo.
Paravicino es un paso más con respecto a Niño de Guevara. El escenario cambia por completo; de la suntuosidad del cardenal pasamos a la sobriedad conventual del retrato del orador más importante del siglo XVI.
El personaje se representa sentado en un sillón, probablemente en el interior de una celda.
Esa atmósfera de silencio y retiro es la contrapartida a la suntuosidad palaciega de Guevara. Los únicos elementos que recuerdan al lujo son el sillón de cuero y clavos de bronce, el libro enorme y el otro más pequeño que sostiene en sus manos.
Al contrario que el retrato de Niño de Guevara, que ha sido colocado y escenificado, Paravicino parece haber sido sorprendido mientras leía. Esto le da una gran espontaneidad y falta de recursos retóricos. En cuanto al lenguaje de las manos, la derecha reposa tranquilamente en el brazo del sillón, y la izquierda es más esculpida y plástica, sosteniendo los libros. El gesto facial revela seguridad, ese distanciamiento propio de la pintura italiana que marca la jerarquía y nos habla de esa distancia intelectual.
Los maestros españoles del retrato.
En España en el campo del retrato no hemos hablado de una escuela propia hasta el siglo XVI. Ya l primer acercamiento se había dado con Tiziano, como hemos visto. Así, el XVI será importante para el retrato en España, puestas la hegemonía, el dominio de los hemisferios y la supremacía política española. A través de esto encontramos la importancia de la escuela española y su relación con Tiziano y la escuela flamenca, y sobre todo, Antonio Moro. Moro, nacido en Utrecht, desarrolla su actividad artística en España entre 1549 y 1559. Por tanto, en los últimos años de reinado de Carlos V está presente. Es un pintor viajero, que pasa por Italia, Portugal, Inglaterra, etc.
Cardenal Granvela. María Tudor.

El modelo de retrato de Moro es austero y sencillo, como se ve en el retrato del cardenal Granvela. Es un retrato  austero y muy claramente flamenco. Esto se ve en la visión próxima de los objetos y el detallismo nórdico en las joyas del cardenal.
Los anteriores rasgos los percibimos aún más claramente en el retrato de María Tudor. Es interesante esa combinación de blancos y de negros. Todo estos detalles definen una modalidad determinada de retrato que agradaba mucho a la clientela española, que se sentía atraída por el lujo, pero que también ensalzaba la austeridad. La corte de Felipe II se sentía fascinada por la pintura veneciana, pero al mismo tiempo descubrió las cualidades de Moro; sobre todo su capacidad de observación, la objetividad minuciosa y la dignidad y el empaque de sus personajes.
La presencia de Moro dejó una huella importante en la corte, como demuestran los pintores españoles posteriores. Y entre ellos tenemos a Alonso Sánchez Coello y Juan Pantoja de la Cruz, los dos más importantes.
Que Sánchez Coello estudió en Flandes es evidente. En el retrato de Isabel Clara Eugenia, la infanta que Felipe II utilizó como diplomática, Coello demuestra su conocimiento del detallismo flamenco. Su biografía también lo demuestra: estudió en Flandes y vivió en casa del cardenal Granvela, que fue quien lo puso en contacto con el pintor Antonio Moro.
Isabel Clara Eugenia.


Hay, por tanto, un aprendizaje de las técnicas de Moro; como presentar a la figura sobre un fondo oscuro, lo que aporta ese sentido de simplicidad y austeridad. Es llamativa la forma de iluminar; se busca destacar al modelo y hacer más importante su presencia. Pese al gusto por la austeridad, también gustaba el lujo. Llega incluso a haber en el siglo XVII una pragmática contra el lujo, que prohibió las gorgueras en el cuello y otros adornos ostentosos de la vestimenta.
Sánchez Coello hereda la concepción flamenca de retrato e introduce algunas novedades. A pesar de la importancia del adorno, prescinde no tanto del detallismo nórdico, sino que su técnica es más vaporosa, suelta y ligera. Cambia esas tendencias flamencas por las venecianas. La fusión de estas dos influencias respondía al gusto de la corte española.

Príncipe don Carlos.

Refleja un poco ese mundo interior de desequilibrio mental del príncipe. Por otra parte, Juan Pantoja de la Cruz se situó en la misma línea que Sánchez Coello, aunque con algunos cambios. En la Duquesa de Lerma es donde más claramente se ve ese sentido del lujo.

Duquesa de Lerma.


La espontaneidad es también un valor en su pintura, pero introduce algunos detalles que serán característicos del siglo XVII. Nos encontramos en él con esa implacable objetividad flamenca, unida a la pompa decorativa italiana.


Margarita de Austria.


Esto se ve en el retrato de Margarita de Austria, donde introduce algunas novedades que harán fortuna hasta la llegada de Velázquez. Pantoja de la Cruz crea un escenario teatral donde sitúa al personaje; con la presencia de bufetillos, mesas o pequeños muebles que sirven de apoyo al modelo y complementan la ambientación del retrato. Detrás de la figura aparecerá siempre una columna, un plinto o una gran cortina abullonada, dando volumen y efectos plásticos. Fue ésta una fórmula de grandísimo éxito. Los pintores posteriores fueron repitiendo ese mismo esquema con el agravante de que los personajes representados resultaban inexpresivos y
acartonados; incluso parecían recortados sobre el escenario. Esto hará que la pintura tras Sánchez Coello y Pantoja de la Cruz decaiga hasta la llegada de Velázquez.

Lo feo y lo bello.

En este apartado dejamos de lado la belleza convencional y la ideal, para centrarnos en su opuesto, el sentido de la fealdad; lo repugnante y negativo. El retrato, dado a ensalzar esa belleza clásica, combatió la fealdad, y ésta apareció confinada en el mundo de representaciones diabólicas, en lo negro y lo oculto. Así, la fealdad se asociaba a escenas terribles del infierno, a seres monstruosos o irreales como los que aparecían en las pinturas  de El Bosco o Leonardo.
Leonardo representa al hombre abierto a todas las tendencias y aspectos relacionados con la naturaleza. Dibujó rostros deformados y grotescos, que estaban a medio camino entre la caricatura y la representación descarnada de la realidad. Aquellos seres inquietantes se quedaron en el camino al pasar a la pintura. La difusión del dibujo, instrumento frecuente los talleres artísticos, dejó huella de estas expresiones.

Rex et Regina de Tunis. Wenzel Hollar (grabado inspirado en Leonardo).


Muestran una visión grotesca de la realidad, con personajes con aspecto simiesco que se asociaban a la idea de la maldad. Sin embargo, se va más allá de la relación entre el bien y el mal, buscando todas la expresiones de la naturaleza. Paralelamente al italiano se desarrollan otras experiencias, como las de Quentin Metsys, que traspasa estos seres al retrato y a la pintura.
Quentin Metsys. La Reina de Túnez.
Metsys había estado en Italia a principios del XVI, y en Milán y Venecia se interesó por el arte de Leonardo. Con esto, su estilo se enriquece al amparo de la cultura humanista. Conocerá a Tomás Moro, Holbein, Durero, e incluso fue amigo íntimo de Joachim Patinir.
En este retrato retorma Metsys el tema de Leonardo de la reina de Túnez. Sigue esa idea de la expresión simiesca, pero la dota de una carga irónica al vestirla elegantemente. La significación de este cuadro siempre ha creado debate; no se sabe con certeza si se trata de una obra jocosa, un juego o una sátira del poder.


La esclava turca. Parmigianino.

Este Parmigianino posee el encanto de la ambigüedad. En la esclava vemos una modelo vestida elegantemente, con ese turbante y el rico vestido, y la delicadeza de la posición de las manos. El rostro es el punto más atractivo, puesto que tiene esa especie de sonrisa irónica.
Con lo anterior podemos decir que el siglo XVI introduce una serie de juegos en torno a la belleza; sobre qué es lo bello y dónde reside la belleza en los seres humanos. Será esto una especie de acertijo que propone la pintura de este siglo.


Arcimboldo. Las cabezas compuestas.

Estos juegos nos llevan a introducirnos otros derroteros del retrato, como el que representa las cabezas compuestas de Arcimboldo. Se relacionan con otro tipo de intereses de la pintura, con la conciencia de la alquimia; como si los resultados de ésta fueran el fruto de una serie de combinaciones mágicas. Paralelamente a esto las ciencias avanzan; la medicina, la física y la química. Mientras, esas combinaciones mágicas son las que dan vida a los retratos de Arcimboldo.
En cuanto al pintor, su vida transcurre en Lombardía, dedicándose a la pintura religiosa, las vidrieras de la catedral de Milán y las pinturas al fresco para la catedral de Monza. En 1562 se traslada a Praga, a la corte de Rodolfo II, un Habsburgo, sobrino de Felipe II y educado en la corte de Madrid. Se instalará en una corte de humanistas en la que se mezclan muchos intereses. Como los demás Austrias, Rodolfo II es también un gran coleccionista y tuvo una gran pasión por las artes y el esoterismo.


Vertumno o Rodolfo II. Arcimboldo.

Esta serie de retratos o representaciones alegóricas de formas naturales requieren una construcción minuciosa. Se reconstruye la figura por medio de una estela de frutos, en un juego óptico extraordinario. Demuestra el interés de la corte por la alquimia; combinando lo puramente científico con lo mágico.
En aquel ambiente cortesano trabajaron numerosos artistas de origen lombardo por su proximidad geográfica. Muchos de ellos serán especialistas en el trabajo de piedras duras y cristal de roca, lo que requiere un aprendizaje determinado e instrumentación necesaria. Esas piedras y cristales de roca se transformaban en manos de los artistas lombardos en formas monstruosas, y Arcimboldo aprendió de ellos esas combinaciones. Será en base a éstas por lo que realizará sus cabezas compuestas, que nos muestran la transmutación de la materia en un proceso semejante a la alquimia. A través de estas influencias, Arcimboldo realizó un juego intelectual y artificioso que se apoya en una depuradísima técnica. Este proceso al completo está desarrollado en el transcurso de su presencia en Praga desde 1587. Cuando vuelva a Lombardía enviará desde allí alguna de sus
grandes obras, como este retrato de Rodolfo II. En cuanto a él, Arcimboldo representó al monarca como un dios romano de la agricultura que es capaz de asumir en su rostro todos los frutos de la naturaleza.

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